El museo multiusos de Casares Quiroga


Llevo mucho tiempo intentando no escribir este artículo. Y cuando el domingo por la mañana -los lunes cierra- fui a visitar por enésima vez la Casa Museo de Santiago Casares Quiroga, ante la exquisita amabilidad y atención del recepcionista -que aquí agradezco públicamente- todavía se me quitaron más las ganas. Vaya por delante también que la casa de Casares es un espacio dignísimo, tal y como se inauguró el 14 de abril del 2007.

Pero a pesar de todo esto, tengo que protestar y protesto por que la casa de Casares Quiroga, varias veces ministro y jefe del Gobierno de la Segunda República, y de su hija, la gloriosa actriz María Casares, se utilice no ya como sala de exposiciones que nada tienen que ver con Casaritos -ahora hay una titulada Kokoro, pintura y haikus-, sino incluso como sala de prensa. Hace unas semanas se presentó allí una fiesta programada en la alegre Lalín. Estoy seguro de que a Casares, como a todos los gallegos, le encantaba Lalín, pero una casa museo no es una sala de prensa y en el palacio de María Pita hay al menos tres salones -uno azul, otro rojo y mi favorito, el dorado- donde se puede celebrar con mayor esplendor un encuentro con los periodistas.

El actual gobierno municipal ha convertido la casa museo de Casares Quiroga en un edificio que vale para cualquier cosa -como el recinto ferial de Silleda, el multiusos del Sar o el Lalín Arena-, cuando solo debería servir para una: honrar la memoria del presidente del Consejo de Ministros de la Segunda República y de su hija, la fabulosa intérprete de Los niños del Paraíso o El testamento de Orfeo.

Con la sublevación de 1936, el 12 de Panaderas fue asaltado y expoliado por los fascistas. Su maravillosa biblioteca acabó en una pira nazi organizada por la Falange, donde también ardieron los libros del Círculo de Artesanos o de La Antorcha Galaica del Libre Pensamiento de mi bisabuelo Juan, a cuyos mítines acudía habitualmente Casaritos. Lo recuerda así su hija María en Residente privilegiada:

-Elegante y refinadamente extravagante, asistía, en plan dandy, a los mítines libertarios.

Hay partidos adanistas, como Podemos o la Marea, que se creen que acaban de inventar la democracia. Pero si ahora están donde están -en el Ayuntamiento o en el Congreso de los Diputados- es gracias a su denostado «régimen del 78» y a que, cuando ellos no estaban ni se les esperaba, hubo héroes como Santiago Casares Quiroga que se jugaron literalmente la vida por defender la democracia.

Por eso tal vez -solo tal vez- deberían tratar a Casares con algo más de respeto. Porque él ya era de izquierdas y republicano hace más de 80 años. Aunque no fuese nacionalista y eso le escueza mucho a algunos.

Por Luís Pousa Coruñesas

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