Fresas con nata en el Manhattan


Entrar un domingo cualquiera en el Manhattan te abre un escenario de película. Con protagonistas fijos y otros secundarios de lujo que te invitan enseguida a disfrutar de ese decorado insólito en una ciudad como esta. Es cruzar la puerta, sentarte en sus sillas giratorias, y la vida da otra vuelta, una vuelta a un pasado glorioso en que los tipos aún van vestidos con corbata y ellas todavía se cardan el pelo con laca. Pero hay mucho más. Los domingos al mediodía el Manhattan deja el trasiego de los cafés de diario y se estabiliza en un ambiente familiar de clientela fija que apuesta por los destellos de la tradición.

Sentada en la mesa, entre el dorado del techo y el granito rosado, una se imagina en una escena de Uno de los nuestros. Tal vez de repente entren Ray Liotta o Joe Pesci a hacer negocios en una de esas mesas que dan a los ventanales. No serían los primeros en ajustar sus cuentas al calor de las vistas de la plaza de Pontevedra, donde no se ha cerrado ni uno ni dos ni tres contratos. Y no me refiero al fútbol, que Arsenio hubo un tiempo que convertía ese templo en su oficina, sino a tantos otros trámites que los coruñeses hemos hecho en el Manhattan. Un punto neurálgico de reuniones, de vaivén de firmas antes de ir al notario, también de entrevistas de trabajo, de reencuentros únicos. Algún día, cuando alguien decida que hay que hacer otra reforma en ese lugar, deberíamos pararnos todos y elegir a mano alzada si no preferimos que el Manhattan pase a la historia como un emblema de los noventa, del lujo enladrillado, del postín engalanado cimentado en los camareros de siempre. A ellos ya les hemos hecho en su momento todo un homenaje, porque son de los pocos que conservan la pajarita, pero una no se cansa de perderse en el análisis de todos los pequeños detalles que este sitio aporta. Y no me refiero solo al pinchito de tortilla y a esa empanadilla de sabor inconfundible que allí dan. Me refiero a toda la artillería de platos y postres que hacen las delicias de la mayoría. No hay que pasar un domingo sin las fresas con nata en esas copas vintage que huyen del modelo Ikea o el flan con nata o las tortitas con nata o los cucuruchos de bolas de helado enormes que, a simple vista, devoran todos los abuelos.

No encuentro un decorado mejor para cualquier película que una quiera montarse, y entre o no al final Ray Liotta con todos los suyos, nosotros seguiremos allí incólumes girando sobre nosotros mismos, brillando en esas sonrisas nacaradas, perfumados en el coruñesismo dominguero, en el placer resabiado de chequearnos cuando cruzamos esa puerta. El Manhattan provoca esa atracción adictiva de un guion de Scorsese. Dentro de esa estética misteriosa, todos nos reconocemos como uno de los nuestros.

Por Sandra Faginas Coruñesas

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