Si Riazor no es una playa... ¿qué es?


Tengo la frase aún en la cabeza. El titular que el geólogo Juan Ramón Vidal Romaní le dio a mi compañera Mila Méndez en una reciente entrevista: «Riazor no es una playa». Me quedé dándole vueltas a esa idea que este experto apuntaba: «Un arenal que, además, tiene debajo un párking subterráneo». Sin quitarle la razón ni mucho menos, comparto con él y con casi todos los coruñeses, que Riazor no es una playa, es mucho más. Muchísimo más. Porque cualquiera de nosotros recibimos desde niños allí distintos tipos de lecciones en esa manera de ir accediendo a la profesionalización de ser de esta ciudad. En Riazor conseguimos parte de los Estudios Superiores de Ser Coruñés. Accedimos enseguida a primero de Matadero, a segundo de Riazor y a tercero del Orzán con la maestría que nos van dando los veteranos. Y es verdad que en estas playas vamos poco a poco entendiendo y experimentando, entrenándonos en nuestras peculiaridades que nos dibujan como personas de mar y aire. De viento y marea.

Nos estiramos en esa arena que no es tal, en el caolín que alguien de cuyo nombre prefiero no acordarme mandó traer de Vimianzo, sabiendo que el riego sanguíneo por la mañana nos traerá de cabeza abajo. De cabeza abajo en un verano que se ambienta a 20 grados. Por eso en esa cuesta empezamos a construir almohadas para allanarnos en horizontal cuando el sol nos impide mirar al mar de cara (y antes de que en San Roque nos dé la sombra). La mañana en parte de las playas de Coruña es cuesta abajo, sí. Y al océano es mejor mirarlo de frente. Es una de las primeras lecciones que aprendemos («nunca le des la espalda a la ola») cuando nos atrevemos a darnos el chapuzón en la orilla (solo los valientes). Un chapuzón corto, que aquí corta, y tampoco nos corta ver a la gente de dos en dos de la mano metiéndose en el agua. Sabemos que la arena se nos escurre debajo de los pies, como sabemos que, si al entrar le tememos al mar; al salir le tememos más, por eso buscamos coger su inercia y acompasarnos para no acabar volteados. En la playa aprendimos cómo van las mareas y no se nos ocurre, como a los guiris del Mediterráneo, clavar la sombrilla durante todo el día, no. Los niños tienen su esquina, su pequeño rincón en la «piscina» de Riazor, pero la mayoría van a Matadero, As Lapas o San Amaro. Mirando al mar aprendimos también que la niebla entra rápido por San Pedro, que a la playa conviene llevar jersey, que hay que tener mucho cuidado con las rocas y que la noche es para San Juan. Y, bueno, hay otras lecciones que descubrimos en la oscuridad, todos nos sentamos en las escaleras a hablar, en ellas nos abrazamos y nos cogimos de la mano y allí aprendimos que no se le puede poner puertas al mar. Sabemos que Riazor no es una playa, es toda una facultad. Riazor es mucho más.

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