«As miñas croquetas no supermercado non as teñen!»

Calidad, la primera palabra de los clientes sobre el mercado cuando se le pregunta por su experiencia


a Coruña / la voz

-Juan, ¿cómo quieres la croca?

-Me es inverosímil.

Se oyen risas en la cola. «Debe de ser un chiste de vuestra época, porque mi padre también lo dice», responde Emilio Palos mientras le prepara un menú para llevar a Juan Guillín, veterano periodista de deportes y fumador empedernido, que espera apoyado en el mostrador del puesto de San Agustín con el cigarrillo entre los dedos viéndolas venir. «Si le encargo la comida más tarde de las diez de la mañana me quedo sin ella, ¡a las diez de la mañana!, ¡qué te parece!», lanza Juan como quien pesca. Es uno de los 40 vecinos a los que el cocinero da de comer cada día desde que abrió su negocio en uno de los locales exteriores del mercado. Cada mañana, entre las ocho y las nueve, envía el menú por WhatsApp a 200 personas y, según los pedidos que recibe, compra los productos para elaborar los platos, a poder ser en el momento en que los recogen. Cuando a las 15.30 cierra, no puede quedar nada para el día siguiente. No hay nevera.

Educados en el mercado

El mercado es un lugar de memoria portentosa. Juan Suárez, profesor de Formación Profesional con hijas ya independientes, viene a comprar desde niño. La estación de autobuses no existía y la gente de la aldea terminaba el viaje en Puerta Real cargada con su cosecha y animales para vender. «El declive empezó con la estación», sugiere Suárez. Rubén Dovigo, que no cumplió 40 y también tiene hijos, aprendió de sus padres en la plaza de Monte Alto. Lo recuerda la charcutera Marifé García, de muy cativo, empezando a hacer los recados solo. Ir al mercado es una cuestión de educación. Ninguno de los dos repara en lo revolucionario de seguir haciéndolo.

San Agustín tiene otro prodigio en el edificio de 1932 de Santiago Rey Pedreira y Antonio Tenreiro al que acuden las visitas mirando hacia arriba con una guía de la ciudad en la mano. Casi nunca compran, pero su presencia -habitual en este espacio excepcional de la zona histórica- se asocia a oportunidades nuevas para la enclenque rentabilidad de las plazas de abastos. «Yo no sé por qué los turistas merecen más que los que vivimos aquí. Es como si todo lo hicieran para ellos», se queja Rebeca, una vecina recién llegada al barrio que aplaude la energía que (acaba de enterarse) se cuece en San Agustín.

Nuevos usos y clientes

Mercado ecológico un día a la semana y nueva galería dos sábados al mes en el primer piso, jornadas de bocadillos gourmet, congresos, ferias literarias, degustaciones... Ángela Barrán, presidenta de la asociación mayoritaria de placeras y quinta generación de pescaderas de la familia, explica el cambio en el patrón de consumo en los años 80, con la irrupción de los centros comerciales que alejaron de las plazas incluso a quienes se habían criado en sus pasillos. «Los más jóvenes no pueden engancharse al mercado sencillamente porque no lo conocen», cuenta la vendedora.

A San Agustín le falta diversidad y especialización, más servicios y más exigentes, captar nuevos usos para el edificio, explica. «Ofrecemos reparto a domicilio, compra por teléfono, han abierto puestos con productos elaborados, pastelería, café, comida para llevar, ronda alguna propuesta de hostelería». San Agustín está protegido por una parábola luminosa, su propia cubierta, que siempre incitará a contemplarla.

Pero en el resto de mercados la supervivencia es más dura. En Monte Alto quedan abiertos 12 puestos (hay 14 fuera) y, ¡aleluya!, están a punto de abrir otros cinco. Alrededor del edificio se cuentan cuatro supermercados y varias tiendas de comestibles. «E as miñas croquetas no súper non as teñen!», advierte con nervio Cruz Fernández, que rebate una a una todas las soluciones mágicas que rodean el debate sobre el futuro de los mercados, incluida la ampliación de horarios.

«La diferencia es la calidad: si te importa, compras aquí», centra un hombre en el pasillo del pescado. Rubén Dovigo aporta una imagen: «El pollo. Metes una pechuga de las de aquí en la nevera, te olvidas de ella, la encuentras a los cinco días y puedes cocinarla. Haz lo mismo con la del supermercado. Dos días después la tienes que tirar».

¿Y se sabe? «Home! Non vai saber a xente que a calidade está aquí! Pero por favor! Entón por que veñen pedir el filetito para o bebé ou para un familiar enfermo?», resuelve Cruz mientras prepara un pollo, razona sobre las prioridades y la responsabilidad de cada uno sobre su salud, advierte del peligro de gestionar servicios públicos solo en términos de rentabilidad y sin más pregunta a los clientes qué piensan ellos. «A ver, Miguel, ti por que vés aquí?». Y Miguel García, que ya venía con su madre, contesta lo que todos: «Por la confianza». Y al lado Manuel Lema, de 90 años, asiente: «Así es». Y Miguel se aleja ya, pero vuelve de pronto y dice: «Yo cuando veo un comercio abierto en domingo me niego a entrar. ¿Es que no descansaremos nunca?».

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