Un millar de pintadas borradas cada año

La empresa municipal solo limpia en lugares públicos, y el resto es responsabilidad de los vecinos


A Coruña / La VOz

La próxima vez que salga a la calle pruebe a realizar un sencillo ejercicio. En la primera calle por la que pase, vaya contando el número de pintadas y grafitis que vea en sus muros, mobiliario o escaparates. Lo más seguro es que encuentre alguna, pues en la ciudad ningún barrio se libra de este tipo de vandalismo. Sus autores no respetan los edificios, los negocios, los bancos o paradas de autobús y, ni siquiera, los murales que decoran las paredes de la ciudad.

Los datos

Una media de mil al año. Ferrovial Cespa es la empresa concesionaria del servicio de limpieza municipal y, por tanto, responsable de la limpieza de grafitis. Esta compañía cuenta con un servicio específico y con los últimos avances técnicos para ese fin, que trabaja todos los días del año. Hasta el 30 de noviembre, se llevan borradas en la ciudad en lo que va de 2017 un total de 958 pintadas. La cifra final, según los datos de Cespa, será similar a la de los pasados años, superando siempre el millar de grafitis. En el 2014 se borraron 1.028, en el 2015 fueron 1.063 y en el pasado 2016 el total ascendió a 1.071.

 Las técnicas

Dependen del material. Ferrovial Cespa cuenta con un equipo específico de chorreo de agua y arena que les permite la eliminación de pintadas en superficies de piedra sin provocar daño en el material. Este tratamiento puede ser complementado con disolventes y pinturas adaptadas para el resto de superficies. Según la empresa, los productos empleados retiran la pintada sin contaminar ni dañar la superficie.

Dónde se actúa

Propiedad pública. Fuentes de Ferrovial Cespa han aclarado que la empresa solo tiene competencia para actuar en el mobiliario y los edificios municipales. Los garajes, muros, pavimentos y fachadas privadas no son responsabilidad del servicio de limpieza y debe ser el propietario el que se haga cargo de su reposición. De hecho, las pintadas que se hicieron estas últimas semanas en la marquesina de buses interurbanos de Entrejardines, de la Xunta, tuvieron que ser eliminadas por la empresa contratada por la Administración autonómica.

 Lo que dice la ley

Acto vandálico. En A Coruña, la ordenanza de gestión de residuos municipales y limpieza viaria, aprobada en el 2005, prohíbe este tipo de actos vandálicos. Concretamente, en el artículo 74 se constata que «queda prohibido realizar cualquier clase de pintadas e inscripciones, tanto en la vía pública, como sobre el mobiliario urbano o sobre muros, paredes de edificios, fachadas, estatuas, monumentos y, en general, cualquier elemento integrante de la ciudad». Este tipo de prohibiciones tienen la clasificación de leve, aunque puede llegar a ser considerada muy grave si el autor es reincidente. Por otro lado, las sanciones leves prescriben a los seis meses, por lo que si un grafitero es identificado, solo se le podrá sancionar por las pintadas realizadas en el último medio año.

Las sanciones

De 750 a 3.000 euros. El Ayuntamiento y la Policía Local son los responsables de velar por el cumplimiento de esta ordenanza, mientras que la potestad sancionadora corresponde a la Junta de Gobierno Local. La multa para una persona que sea identificada haciendo un grafiti será, salvo en contadas ocasiones, de un máximo de 750 euros. Si esa misma persona volviese a ser multado en el plazo inferior a un año, la sanción pasaría a considerarse grave y podría llegar hasta los 1.500 euros. En caso de triple reincidencia, existe la posibilidad de que la cuantía llegue a 3.000 euros. También deberán restaurar el lugar pintado o indemnizar a su propietario. Por otro lado, en función de las circunstancias, las sanciones podrá ser sustituidas por trabajos en beneficio de la comunidad. Ese procedimiento es especialmente aplicable en actos vandálicos de este estilo.

El perfil

Jóvenes en busca de notoriedad. Cambian los grafiteros, pero no el perfil. La gran mayoría de personas que dedica tiempo a pintar los muros de la ciudad tiene entre 15 y 35 años de edad. Aunque popularmente se asocia con clases bajas y barrios obreros, este fenómeno está muy extendido en todos los ámbitos. El objetivo es llenar el mayor número de espacios con una firma reconocible por todos.

Los materiales

Depende del estilo. Para pintar, hay diferentes tiendas que venden, de manera legal, aerosoles de colores, además de boquillas de distinto tipo, con las que se consiguen efectos como el sombreado. Para grafitis más elaborados se utiliza una gama variada de colores, mientras que quienes simplemente estampan su firma en una pared solo necesitan un espray. También es habitual emplear rotuladores permanentes especiales para pintar sobre cristales y elementos de plástico o madera.

«Pese a que el Ayuntamiento se negó, tuvieron que eliminar los insultos»

A José Marcos Varela, veterano vecino de la calle Campo da Estrada, en A Maestranza, le aparecieron hace unos meses unas pintadas en su vado con mensajes obscenos e insultos. «Era la primera vez que me pasaba y fui por el barrio comprobando el resto de portales. Resulta que solo habían pintado en el mío y en el de un compañero», cuenta. Resulta que ambos participaron en protestas por la okupación de la Comandancia de Obras. «Creo que han sido personas que están ahí dentro, pero no lo puedo asegurar a ciencia cierta», dice José Marcos. «Llamé al Ayuntamiento y, pese a que se negaron a actuar por ser una propiedad privada, tuvieron que borrar los insultos», señala. José Marcos lamenta que «haya pintadas por toda la ciudad». «Es una verdadera pena», dice.

«El mural duró un año. Cuando apareció el primer grafiti, se abrió la veda»

Hay negocios que deciden decorar el exterior de sus locales para hacerlos más atractivos. Es el caso de la librería Cascanueces, que se encuentra en la estrecha de San Andrés. En mayo del 2011, el dibujante coruñés David Pintor se encargaba de realizar un gran mural en su escaparate. «Los turistas y los niños paraban y se sacaban fotos con él», recuerda Pablo Zaera, responsable de la librería. Todo cambió apenas 12 meses después. «El mural duró un año. En cuanto apareció el primer grafiti, se abrió la veda y surgieron el resto», recuerda Zaera. Ahora, descarta restaurarlo ante la posibilidad de que aparezcan nuevas pintadas: «Este es un arte efímero. El coste es uno de los problemas principales y no compensa si te lo pueden volver a estropear».

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