La pizza, el coro y una de normas


Las normas están para incumplirlas. Estén o no escritas, aunque nos las cuenten en directo, será que es verano y hace mucho calor, el caso es que pasamos de reglas. ¿Que no se puede reservar un asiento en las sillas de María Pita para el concierto que empieza en un rato? A mí plin, yo dejo mi chaqueta y ya puede venir un individuo de la organización tres o cuatro veces a avisar, que ahí sigue la silla ocupada con mis cosas.

Vamos tan preparados por el mundo que no guardamos un sitio durante tres minutos porque nos hemos ido a llevar al niño al baño. Qué va. Mucho mejor tener los asientos reservados durante más de veinte minutos porque nuestras parejas se han ido a por la cena. Literalmente. Si es que no hay nada mejor que escuchar al Coro Joven de la Orquesta Sinfónica comiendo pizza (en caja grande, qué se van a pensar). Al lado de semejantes profesionales, el señor que sacó el bocadillo mientras esperaba a que arrancase el concierto no pasaba de aficionado de segunda. Y sin coca-cola. Todo se relaja en verano, y al aire libre, y en fiestas, y está bien que así sea, siempre que no conviertas tu espacio en un espectáculo mayor que el del escenario.

Somos seres curiosos, en esta ciudad como en otras, aunque sospecho que más allá de los Pirineos un poco menos. Cuando nos regalan un concierto (o cualquier otra actividad gratis) lo disfrutamos como campeones solo porque no nos cuesta un duro. Y al parecer, el gratis total genera ciertos derechos automáticamente. Así se explica que algunos de esos que reservan asientos con ganas y con mucho tiempo, se levanten en la segunda canción. Y con no demasiada discreción, que total es al aire libre y seguro que nadie se entera. Ni en el escenario ni en el público.

Menos mal que la música sigue teniendo ese poder increíble de hacer que todo lo demás pierda importancia. Los jovencísimos chicos del coro se subieron al escenario de negro riguroso, pero con ganas de romper las normas. Y esta vez sí, menos mal. Porque escuchar a esta pandilla de voces fantásticas arrancándose por Lady Gaga, por Abba y por Nirvana, es como abrir las puertas de la casa y dejar que entre el aire, que sepamos (sobre todo los que guardan algún prejuicio contra la música clásica y sus templos) que el concierto de un coro puede ser el mejor plan para un día de fiesta por la noche.

Porque era festivo, y los chavales se habían disfrazado, habían sacado pelucas, un dragón de pega, bigotes falsos, todas sus ganas y sobre todo sus gargantas, para hacernos cantar (menos de lo que deberíamos haber cantado) y bailar (esto nos costaba a los mayores un poco más, a algún crío un poco menos) a golpe de Bohemian Rapsody.

Por Antía Díaz Leal coruñesas

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