La chincheta es la última frontera

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

20 jun 2017 . Actualizado a las 19:19 h.

El experimento sociológico es simple. Se agarra a un coruñés al azar. Lo sentamos en una silla, en una terraza, con una caña sobre la mesa y gente pasando por delante para mirar. Ya está. El coruñés no necesita nada más para ser feliz. Bueno, hay que ponerle otra caña cuando se ventila la primera, porque el coruñés no es hombre, ni mujer, de una sola caña. Para ver hombres o mujeres (y viceversa) de una sola caña hay que ir a otras latitudes.

De tanto aperitivo, sobremesa y cañas de la tarde, vivíamos en el desparrame de las terrazas, que tenía en la Franja su Capilla Sixtina. En la Franja era tal ya la congestión de veladores y toldos que se hacía más que complicado deambular de bar en bar. A lo mejor llegabas a las ocho y lograbas caminar entre las mesitas, pero si luego te zampabas un par de tapas, de lo poco que ancheabas con esos dos pinchos igual a las ocho y media ya no eras capaz de volver a salir por donde habías entrado.

Pero eso ya es historia. Ahora no hay una terraza que se mueva ni un milímetro de su sitio. Ante el desmadre terracero de otros tiempos, María Pita ha impuesto la ley seca de las chinchetas.