Donde los libros mendigan lectores

En varios puntos de la ciudad se abandonan volúmenes con el fin de prolongar la vida de los mismos en manos de otras personas


A Coruña / La Voz

Hay libros que no tienen casa. Después de ser leídos han tenido que salir a la calle en busca de otros lectores. A algunos los han abandonado a la espera de que un lector caritativo que les dé cobijo. «Esto, ¿qué finalidad tiene?», preguntaba precisamente uno de esos buenos lectores frente a la media docena de volúmenes que alguien había dejado en un viejo banco de la plaza de España. El hombre confesaba su pasión por los libros y la pena que le da llegar a una casa y ver las paredes sin ellos, «me da la sensación de que están desnudas».

«Cuando me sobran algunos libros los dejo aquí en la plaza, porque desde mi casa se ven, para que la gente se los pueda llevar», explicaba una de las personas que deja volúmenes en dicho lugar. No muy lejos de allí, frente a la desaparecida farmacia militar, alguien ha reconvertido una cabina telefónica en biblioteca; cualquiera se puede llevar una libro de este sitio con una única condición: dejar otro en su lugar. Una idea tan simple, y a la vez tan innovadora, como el clavo que cierra la puerta de esta pequeña biblioteca.

En la biblioteca provincial

Estos dos casos son iniciativas surgidas de personas que tienen pasión por los libros y por la duración de los mismos. Esta tendencia es el bookcrossing, que lleva tiempo funcionando (una web agrupa a quienes quieran seguir la trayectoria de un ejemplar abandonado con el fin de que viaje de lector en lector: bookcrossing-spain.com) y se ha contagiado a las instituciones oficiales; así, en uno de los pasillos de la biblioteca de la Diputación coruñesa, hay dos cajas destinadas a lo que denominan Cruce de libros en las cuales cualquiera puede dejar los ejemplares que otros recogerán. Uno de los recipientes es para la literatura de adultos y otra para infantil.

En otra dependencia oficial, el Fórum Metropolitano, también se pueden abandonar libros que ya no se usan. Y ante el posible temor de algunos lectores de que en estos espacios solo hay sitio para la literatura menor, en este último espacio estaba, hace unas semanas, nada menos que Pedro Páramo, de Juan Rulfo, todo un tesoro literario.

Libros que alimentan

Las numerosas metáforas alrededor de los libros que alimentan (Hace unos años Manuel Rivas daba el pregón de la Feria del Libro de A Coruña con un bollo de pan en la mano y aludía a ello) casi se hacen realidad en la iglesia de San Pedro de Mezonzo donde, en la entrada de la misma, hay una mesa llena de libros de todo tipo. Cada uno de ellos es el premio por ayudar a Cáritas con la donación de diversos productos, la mayor parte de alimentación: «Deposita en las cajas los productos... Y coge un libro por cada uno de ellos en esta mesa!», dice el cartel. Aquí si que la diversidad de títulos es total y, a pesar de estar en un templo, el número de ejemplares vinculados directamente con la religión es reducido. Y mientras en la puerta del templo raro es el día en el que no hay al menos una persona mendigando una ayuda; estos, y los otros libros, también mendigan, pero lectores que los salven de caer en el cementerio de los libros olvidados que ideó Ruiz Zafón en La sombra del viento.

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