Día y medio de limpieza para derrumbar La Toja

Los trabajos para echar abajo el edificio continúan ante la mirada atenta de los chabolistas


A Coruña / La Voz

Día y medio de trabajo hizo falta para que los operarios responsables de la demolición de la antigua nave de La Toja retirasen todos los restos que dificultaban las labores. Ayer por la tarde, las máquinas ya echaba abajo una de las estancias del edificio, la más próxima al poblado chabolista, donde se encontraban asentadas las cinco infraviviendas que han tenido vaciarse.

A escasos diez metros de la nave, una valla recién instalada impide a los habitantes del asentamiento de A Pasaxe acercarse al perímetro. Varios agentes de seguridad privada permanecen situados a cada lado de la estructura, pendientes de que nadie entre y pueda resultar herido. Al otro lado del alambre, los chabolistas observan con curiosidad el lento derribo de ese edificio que los acompañó desde que se asentó el poblado hace un cuarto de siglo.

«El estado de la nave era mucho peor del que pensaban cuando comenzaron las obras», señala Gonzalo Romero, uno de los habitantes de la conservera, sobre la opinión que tienen los chabolistas sobre los trabajos. «Estuvieron mucho tiempo quitando la basura que habían dejado dentro y a los lados. Entraron con grúas y no paran de sacar camiones y camiones llenos», señala el residente del poblado sobre los primeros pasos dados por la empresa responsable de la obra.

A la zona «no puede entrar nadie», no como en el resto del asentamiento, donde continúan habitando más de 130 personas, entre los que hay casi medio centenar de menores. «Van todos con casco y hay policía dando vueltas», afirma Gonzalo Romero. Por la noche, los agentes se retiran de la zona y dejan al cargo a dos trabajadores de una empresa de seguridad. Durante estas primeras 48 horas de trabajos, «no hubo ningún problema», y la vida continúa con normalidad en el poblado.

El derrumbamiento de la nave de La Toja no supone la desaparición del asentamiento chabolista de A Pasaxe a corto plazo, tal y como confirmó el propio concejal de Rexeneración Urbana, Xiao Varela. Solo afectará a aquellas personas que vivían dentro o pegadas al edificio, una media docena de familias. En el resto de la zona, los chabolistas podían moverse con total libertad, mientras que para salir o entrar en el poblado, tienen que identificarse ante la Policía Local.

Reubicados en el poblado

Gonzalo Romero, que reside en el asentamiento, asegura que los afectados por las obras «hay dos o tres matrimonios que siguen en el poblado, viviendo con familiares o amigos». «Los Servicios Sociales del Ayuntamiento les dijeron que buscasen otros sitios en los que quedarse mientras no salía ningún piso», afirma Romero, confirmando que no todos los reubicados han podido conseguir una vivienda y, en la mayoría de los casos, han visto empeoradas sus condiciones de vida, ya que tienen que compartir chabola con otras personas, como Antonio dos Santos, vecino al que le ardió la casa y que ha sido acogido por su hermano.

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