Cigarreras antes que juezas

La memoria de la fábrica impregna las visitas guiadas a Tabacos, ahora sede judicial


A CORUÑA / la voz

La guía hizo una advertencia al comienzo de la visita que a unos los dejó satisfechos y a otros replicando por lo bajo. «No esperen grandes adornos, en los edificios industriales no se cuidaba la estética». El grupo se encontraba al pie de la escalera doble de la Fábrica de Tabacos, uno de los elementos originales que se conservan tras la rehabilitación como sede judicial, la de la derecha para mujeres, varios miles de cigarreras, la de la izquierda para hombres, unas pocas decenas. «Había niñas, las hijas, que también hacían cosas porque tenían los dedos más finitos», explicó María Celia García López, bisnieta y nieta política de dos trabajadoras. «Y una sala de lactancia para atender a sus hijos -detalló la guía-, uno de los derechos que conquistaron, porque lucharon mucho, convocaron las primeras huelgas de Galicia, montaron un sindicato propio, negociaron vacaciones, jornadas...». Así supo el grupo, casi todas mujeres también, que el Infierno de La Tribuna que Pardo Bazán conoció en los sótanos donde las cigarreras picaban a destajo hojas de tabaco con guillotinas que se llevaban por delante dedos y manos ahora está ocupado por las celdas de los detenidos que vendrán a comparecer ante el juez.

Mientras no empiece a funcionar y los archivadores no se llenen de expedientes, el edificio de la Palloza seguirá siendo más Fábrica de Tabacos que Fiscalía y Audiencia. La memoria se resiste. «Eu vou buscando o que recordo, pero do que había pouco quedou», confesó un hombre en el último grupo de visita guiada de la mañana, de las 600 personas que pasaron ayer. «¿Y dónde están las máquinas», preguntó una mujer. Quizás en Logroño, apuntó la guía, allí se trasladó la última propietaria de la tabacalera antes de cerrar en el 2002.

Quedó la misteriosa caja fuerte debajo del letrero «Pagaduría» que nadie consiguió abrir, pilares y vigas de forja, sillares en arcadas y ventanas, las gradas de los astilleros de la oficina del Correo Marítimo -una fotografía grabada en el cristal de la puerta muestra el mar batiendo en la fachada, entonces lateral- y el reloj de la peineta, donde el grupo finalizó la visita para verlo (no oírlo) dar las medias. La guía comentó que el mecanismo lleva dos minutos de retraso. También se resiste. Alguien estaba en un tiempo anterior. «En esta plaza había un mercado donde mi madre compraba piezas de neumático de camión para las suelas de las sandalias. Eran eternas».

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