No sé si a ustedes les sigue ocurriendo, pero uno empieza a echar de menos aquella anarquía cartelera de la calle Real. Me refiero a ese despliegue de luminosos comerciales y con tendencia a la verticalidad que salían de los inmuebles. Eran parte de la idiosincrasia de nuestra calle noble, una imagen distintiva y reconocible por todos, una seña de identidad que poco a poco se va perdiendo y se irá perdiendo aún más.
Entre todos ellos existía uno que aún se me aparece como un fantasma cuando camino por allí: el de la cafetería Kirs. En un chirriante neón traído de otra época, sobresalía en la esquina en la que ahora se asienta el Café Vecchio. Con aquella letra K gigante enmarcada dentro de una corona, se erigía como un monarca dentro del paisaje del vial. No era especialmente bonito. Sí era especialmente llamativo. Y, por supuesto, llevaba consigo una mochila de recuerdos de una manera de ser y estar que se desvanece con el tiempo.
Sí, el Kirs (aunque fuese cafetería siempre se apelaba a ella con el articulo masculino) era el local de los señoritos coruñeses. Se había inaugurado a principios de los setenta sin escatimar gastos. Mármol, cromados en las barras, espejos en las paredes, tiradores dorados en las puertas y butacas de cuero. Pero sobre todo, brillo. Dentro del Kirs se brillaba. Y en su última etapa, los jóvenes teníamos la sensación de entrar en una reliquia fascinante. Allí, junto a los trabajadores de la Diputación y la Autoridad Portuaria, las estrellas que actuaban en el Teatro Colón y la burguesía coruñesa de blazer y abrigo de visón, echábamos un vistazo a lo que supuestamente había sido la ciudad años atrás.
En el Kirs servían camareros de película, como los de Vacaciones en al mar. De esos que saben lo que toma cada cliente habitual, además de muchos de sus secretos llevados con la discreción inherente al oficio. Se trataba de un lugar en el que a tu lado una señora pedía un Bitter Kas, cuando pensabas que esa bebida ya no se fabricaba. Lo servían acompañado del taquito de tortilla y una croqueta sobre un platillo, servilleta mediante. Ya se hacía en los ochenta, cuando el pincho no se incluía y agasajar al cliente así suponía una rareza.
Al final, prácticamente toda la ciudad terminó allí alguna vez. Todo hasta que cerró sus puertas en junio del 2011, por un problema entre inquilinos y propietarios. En su última noche fui. Me pedí un gin-tonic con hielo y limón, sin florituras modernas. Repasé todo con la mirada. Sabía que lo iba a echar de menos. Una cosa me sorprendió: a las doce de la noche uno de los camareros daba lustre al cromado de la barra. Al día siguiente el local no iba a abrir sus puertas. Pero aquel hombre quería ser un profesional hasta el último minuto. Y vi eso que llaman dignidad ante mis ojos.