La duna de Riazor tiene una doble vida. De noche y en pleno temporal, trata de frenar la fuerza del mar como puede. A veces lo consigue, otras se rinde y deja pasar las olas hasta la calzada, que se llena de agua y de arena y nos deja imágenes que se multiplican en las redes sociales, porque si nos encanta hablar del tiempo en los ascensores, ¿cómo no nos va a gustar retuitear temporales en la pantalla? De día, cuando luce el sol, parece a veces que se disfraza de Venice Beach. Un grupo de chavales practicaban boxeo el fin de semana, tan contentos con sus guantes en blanco y negro mientras otros tres colegas animan sentados en la duna. ¿Serán los mismos que hace un par de semanas, otro domingo de sol y paseo, daban volteretas impulsados en una pelota inmensa, semi enterrada en la arena? La pelota también disfruta de una doble vida, que igual por semana se dedica a aliviar espaldas en clases de pilates, y los fines de semana ayuda a estos chicos a hacer pincha carneiros con doble tirabuzón hacia atrás. Unos con más suerte que otros, claro. La duna, tan seca al sol del domingo, se escurre con cada caída en plancha de los chavales menos ágiles, va cuesta abajo el reguero de granitos, como cuando de niños hacíamos caminos en las dunas de verdad, esas que ha levantado el viento a fuerza de soplar durante años, y la arena caía y caía y parecía no llegar nunca al final.
En nuestro Venice particular también hay patinadores, aunque no luzcan tipín en bañador o bikini escotado estilo Vigilantes de la playa, ni en este invierno que va diciendo adiós ni en pleno verano, cuando los adolescentes son los que se aventuran a lucir piernas y torsos hasta en el súper más próximo, entre las miradas de desaprobación de los mayores, que esperan en la cola detrás de esos cuerpos medio desnudos y cubiertos de arena, con la nariz ligeramente fruncida.
Boxeadores, paseantes, acróbatas urbanos, ciclistas, corredores, señores de la liga contra la grasa abdominal (antes conocida como la barriga cervecera), señoras de la asociación contra el colesterol, amantes de los perros, cochecitos de bebé, renegados del aire libre y el ejercicio que salen porque el prójimo les ha dado un ultimátum. Solo nos falta un grupo practicando taichí en la cima de la duna, que nos daría un aire zen de lo más cosmopolita.
Aunque con estos dos días de lluvia y olas que llevamos, a saber si la montaña de arena sobrevive para las clases al aire libre del próximo fin de semana, si es que luce el sol, que si no la chavalada no va a tener dónde meterse a pegar puñetazos o dar volteretas. En Miami seguro que no tienen estos problemas. Aunque tampoco tienen duna.