Cuando murió mi bisabuelo Juan, septiembre de 1934, La Voz publicó una pequeña necrología y dos esquelas: la clásica de la familia y otra firmada por la directiva de la Antorcha Galaica del Libre Pensamiento, que invitaba a los lectores a asistir al entierro del ciudadano Juan Fernández en San Amaro. Ambas estaban fechadas en la calle Moreno Barcia 42, que es como se llamó Ramón del Cueto durante el paréntesis de la Segunda República.

La calle de la Torre llena de gente disfrazada
La calle de la Torre llena de gente disfrazada

Allí, frente al Campo de Marte, vivieron mis bisabuelos, mis abuelos y mi padre, que se acordaba mucho de un niño del barrio llamado Luisito. Aquel chaval, que hacía con el balón cosas nunca vistas, era Luis Suárez, el único balón de oro del fútbol español, que todavía hoy, después de media vida en Milán, exhibe un acento de Monte Alto a prueba de bombas.

Tal vez por eso, porque ya los bisabuelos vivían aquí, me gusta volver cada martes de carnaval y quedarme parado un rato en la esquina de Ramón del Cueto con la avenida de Hércules, como escuchando el barrio de otros tiempos, antes de cruzar el Campo de Marte para desembocar en la esquina de Curros Enríquez y la calle de la Torre, que hoy es algo así como el núcleo atómico del entroido coruñés.

Y probablemente por eso traigo a mis hijas a la calle de la Torre, para que bajen conmigo desde la parada del 7 hasta la plaza de España por este sambódromo choqueiro de disfraces sin pretensiones, cosidos a base de retales y ropa descartada, como en la época heroica, cuando el carnaval estaba prohibido y Monte Alto se atrincheraba frente al Boletín Oficial del Estado.

Ya no están el Odilo ni el Romay, que eran dos paradas obligadas en este subir y bajar que es hoy la calle de la Torre, pero aún se puede repostar en la jamonería, e incluso en la hamburguesería, que resiste a pie firme la invasión de los yanquis, y hasta da tiempo a mirar el escaparate de la Droguería La Torre, donde Antonio Banderas y David Bustamante tienen a la venta sus colonias. Y mientras desfilan arriba y abajo los Kilomberos, Os Maracos y Monte Alto a 100 con su charanga y sus vaciles, en las vallas se anuncia la discoteca Zeus de Pontedeume y desde otro cartel Han Solo apunta con su pistola láser a un viejito vestido de drag queen de la Atocha Baja.

Al final de la cuesta, hay que pararse un momento a leer las placas de la calle San José, que la resistencia histórica ha ido clavando en el muro frente a la Confitería París, y recitar los nombres de los choqueiros de Monte Alto: César San José, Wences, Alvarito, Finita, Palau, Raúl O do Canto do Cuco, Paredes y Rogelio. Porque esa esquina es nuestro Arlington, el memorial de los caídos del choqueirismo. Y justo aquí los vivos y los muertos se juntan cada martes de carnaval para celebrar que la calle de la Torre no se rinde nunca.

Por Luís Pousa Coruñesas

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