Una de las cosas que iban a cambiar en María Pita era lo relativo al bus. Se incidió mucho en ello durante las municipales del 2015. El actual edil de Mobilidade, Daniel Díaz Grandío, venía avalado por su militancia previa. El entonces aspirante a alcalde Xulio Ferreiro subrayaba su imagen de ciudadano normal que usaba el transporte público. Y toda esa parafernalia de bicicletas, ecologismo y salvar parques parecía llevar aparejada una consecuencia: potenciar el uso del bus urbano.

PARADA EN RONDA DE OUTEIRO, A LA ALTURA DE AVENIDA DE FINISTERRE, CON COCHES APARCADOS EN LA PARADA
PARADA EN RONDA DE OUTEIRO, A LA ALTURA DE AVENIDA DE FINISTERRE, CON COCHES APARCADOS EN LA PARADA

Uno guardaba esperanzas. Seguramente, boutades que se dijeron entonces, como aquello de municipalizar la ORA o convertir el Hotel Atlántico en una residencia universitaria, no eran más que mero ruido. Desgraciadamente, la política funciona así: machadas soltadas por políticos de todo signo y condición que los electores ya asimilamos como algo inherente al folclore partidista. O, cuando menos, ocurrencias no muy meditadas. Pero en lo del bus se intuía el interés sincero de mejorar un ámbito fundamental.

Eso creía. Pero no. Ante la pregunta de cuánto iba a costar el bus si ganaban las elecciones, Xulio Ferreiro era contundente en una entrevista en La Voz: «Menos do que custa agora». Tal rebaja no se hizo nunca. Ir en bus en el 2017 cuesta lo mismo que cuando él tomó el poder. E igual que hizo el PP en su día, se ha vendido esa congelación como un logro en tiempos de sueldos helados, recortados o directamente evaporados. Los usuarios que tenemos que pagar ese precio diariamente sufrimos las mismas taras de hace tres años.

Porque otra de las promesas era el carril bus. ¿Dónde está esa vía especial penosamente retirada en el pasado mandato? Casi dos años después de haber llegado la Marea al poder sigue sin ponerse en marcha. Ni se habla del tema ya. Como tantas otras, ha dejado de ser objeto de debate. Eso sí, a diario observamos las consecuencia de su ausencia: colas, atascos y falta de fluidez en la circulación. Habrá quien diga ahora que eso necesita tiempo y planificación. En la campaña parecía que iba a ser todo más instantáneo.

Podría serlo, si se quisiera, el que las personas pudieran bajar correctamente en las paradas de bus. El lunes pasado este periódico publicó cómo los conductores aparcan en ellas sistemáticamente ante la pasividad del Ayuntamiento. Esa actitud deriva en permisividad y esta en la ley de la selva. En una urbe civilizada una persona con problemas de movilidad no debería sentir que juega a la ruleta cuando coge un bus, sin saber si va a poder bajarse por sus medios o tendrá que ayudarle el conductor porque hay un tipo aparcado en la parada. Eso está pasando. No se está haciendo nada. Y debería hacerse. La cuestión es cuándo. ¿El año de las elecciones?

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¿Y lo del bus urbano, para cuándo?