Huele a sopa en la plaza de Pontevedra. O al menos ayer olía a sopa. A la de verdad: a puchero de casa de toda la vida, de esos que casi no caben en los fuegos de ahora. En una ciudad con una pituitaria tan sensible como esta, que huela a sopa no tendría que resultar sorprendente. Aunque quizás estamos más acostumbrados a otros olores menos agradables, esos que nos meten de lleno en industrias pesadas, en reciclajes varios, en nada que se parezca a una cocina donde alguien prepara una sopa calentita.
Hace años, en María Pita pusieron en marcha un grupo de narices. Literalmente. Ciudadanos alarma que imagino husmeando por las esquinas, como las brujas de Roald Dahl a la caza de niños. Esforzados voluntarios buscando aquellos puntos donde olía diferente, raro. Mal. Porque hay un plan municipal de gestión de olores, cosa que seguro que es tan normal como una ordenanza de ruidos, pero suena mucho más poético. Si hay un dispositivo de olores molestos, ¿no habría más voluntarios para otro de olor a gloria?
Habría que poner en marcha un panel de expertos en olor a sopa, a mar, a pasteles y a pan recién hecho. Para que luego no digan que solo nos quejamos de que la ciudad huele mal cuando le pega algún siroco. O cuando nos remata el perfume a fritanga que sale de algún bar... Una vez intentaron alquilarme un piso que olía a fritos y raxo tanto como la tasca que ocupaba el bajo. Pero si casi no huele, mujer, me decían en la inmobiliaria. El piso lo dejé por temor a aborrecer los calamares a la romana. Y las tapas del bajo no llegué a probarlas nunca.
Pero aún quedan rincones donde huele a tierra mojada (encharcada más bien) estos días, sin que se mezcle con ningún otro olor. Y un ramo de mimosas de la floristería desprendía la semana pasada ese algo diferente que tienen las bolitas amarillas.
Hay una panadería en la esquina que huele a harina y a azúcar, y a empanada de bonito, y a domingo por la mañana. Domingo por la mañana en el que el hábito semanal de leer la prensa con una caña se convierte en gloria bendita cuando atraviesas la puerta del bar y tu nariz de experta no reconocida caza al vuelo ese aroma. Hay callos, dices, y dan ganas de quedarse a comer.
Pero huele a mar, sobre todo, este invierno. Y no conozco a nadie (en realidad sí: a una sola personita) a quien no le guste el olor a mar. Se cuela por todos los rincones, al doblar las esquinas. Como un golpe en la cara alguna noche cuando pisas la acera y no esperas que el Atlántico salude a distancia. Huele alguna mañana en la parada del bus, y este mar es capaz de tapar el olor a sopa, a tierra mojada, a mimosas, a pan y a fritanga.