Me cuentan que se va parando cada pocos metros para recuperar fuerzas. Camina por los cuatro lados de la plaza como otros hacen un maratón por el paseo marítimo. Que los esfuerzos que cada uno tiene que hacer solo los conoce el afectado, y para este señor y sus años, alcanzar las cuatro esquinas parecía requerir la misma fuerza de voluntad que para un corredor llegar a la meta.
Con algo menos de ganas, ayer a primera hora, noche cerrada todavía, un crío arrastraba los pies a dos metros de su padre, camino de la guardería. Tan despacio que el contrapeso de la mochila parecía capaz de tumbarlo en cualquier momento.
La plaza es un hábitat con normas propias. Que se mueven en función de la hora, del día, incluso del lado del cuadrilátero al que miro desde la ventana. Los fines de semana por la mañana no hace falta ni asomarse para saber que es territorio perruno: los ladridos son un despertador más que eficaz. Los animales corren, se olisquean, saltan. Los dueños («tengo un nuevo amigo de perros», decía una amiga mía cuando sacaba al parque a Solo) hablarán de lo que hablen los que madrugan de buen humor los fines de semana para bajar al animalito. Confieso que me siento como un James Stewart sin escayola cada vez que aparto la cortina. Como si viviese en una obra maestra del voyeurismo. Tendría que llamar a Thelma Ritter para que venga a hacerme compañía y me ayude a inventarme las conversaciones de los actores involuntarios de esta especie de película.
Un par de horas más tarde puede sonar el golpeteo del balón de los que intentan unas canastas. O de los más pequeños que se gritan intentando meter gol. De noche vuelven los perros. Y a veces un par de grupos de chavales que resisten al frío y a la lluvia de estos días al calor de lo que sea que encienden y se pasan de mano en mano. La luz amarillenta de la farola que se cuela por la ventana se movía este fin de semana de agua y viento. Y la esquina del fondo terminó el domingo como un pantano. Apenas se oyen los árboles, pero la sombra se mueve de un lado a otro con este primer temporal del otoño.
Una vez hubo un plan y unas cuentas y hasta una luminosa maqueta blanca para arreglar la plaza y mantener los árboles. Duerme en algún cajón de María Pita. El hábitat propio de la zona, afortunadamente, sigue su curso como los pasos lentos del señor que trata de alcanzar el paraíso en la otra esquina. Aunque con este tiempo poca fauna autóctona sale a inspeccionar. Salvo dos jubilados que aprovechan cada rayo de sol, por diminuto que sea, para empujar uno la silla de ruedas del otro y sentarse bajo mi ventana a ver pasar la tarde.