Es una de esas anomalías en las relaciones padre-hijo. Se trata del progenitor que se dedica a hundir a su descendiente, pero queriéndolo más que a nada en el mundo. «¡No vales para nada!». «¡Cuando no estemos te vas a morir de hambre!». «¡Eres un burro!». Muchos lo habrán visto en otros. Otros, los más desgraciados, sufrido en sus carnes. Lo curioso llega cuando alguien ajeno a la familia se suma al desprecio. ¿Cómo reaccionan esos padres? Pues enfurecidos, porque a su hijo lo quieren más que a nadie. Tanto que solo lo pueden menospreciar ellos.
Este viciado esquema se puede aplicar a la relación que muchos tienen con Galicia. Twitter lo ha puesto de manifiesto esta semana. Resulta que esos que presumen de amor a la patria, pero en realidad odian muchas de las cosas de Galicia, vieron cómo los resultados electorales no fueron de su agrado. Y lo atribuyeron a la escasa cultura del pueblo o, directamente, a mermas en su capacidad intelectual. Al día siguiente la ola de repulsa se extendió más allá de Galicia. Madrileños, aragoneses o andaluces nos insultaban e incitaban al odio con argumentos similares. Entonces, algunos de los autoconsiderados gallegos legítimos reaccionaron. Les dolía escuchar en otros lo que normalmente dicen ellos de su pueblo. Porque a su Galicia solo la menosprecian ellos.