La máquina barredora

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

13 sep 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

De tanto ver pelis de Hitchcock, uno desarrolla miradas extrañas y pavores irracionales. A los pájaros, a las cortinas de ducha (sobre todo si tienen ositos o flores), a las misiones hispanas en las afueras de San Francisco, a los vasos de leche con bombillas dentro, a las amas de llaves y a los Manderley.

A mí, que como el orondo Alfred también hago cameos en mis artículos (en eso consiste, a fin de cuentas la literatura del yo), me dan pánico esas máquinas barredoras, o fregadoras, o como se llamen, que acicalan nuestras calles con sus cepillos redondos giratorios y su chorrito de agua de Emalcsa. Estas máquinas ruidosas e inquietantes tienen el volante a la derecha, por lo que se presume que son una avanzadilla de la invasión terrestre de las fuerzas del brexit. Las máquinas barredoras no sé si barren la calle o no. Por lo que veo más bien cambian de sitio las hojas y los papeles, pero lo que sí han barrido, pero del mapa, es al honesto y aplicado barrendero, que barría lo mismo que este artilugio, pero mucho mejor y sin tanto ruido ni gasto de gasolina. Ahora, en plan ecológico, para justificar la obsesión de poner una máquina a hacer el trabajo de un ser humano, creo que el bicho carbura con gas natural, que es muy limpio y moderno.

Será manía persecutoria, pero siempre que salgo a la calle por la mañana escucho detrás de mí el zumbido amenazante de la máquina fregadora, o barredora, o como se llame, que se acerca lentamente desde la retaguardia, avanzando palmo a palmo, cepillando el enlosado y pasándole luego su chorro de agua municipal.

No hay forma de librarse de su persecución. Uno intenta los clásicos regates, primero a la izquierda, luego a la derecha, pero la máquina y su atento conductor siempre adivinan el gesto y se anticipan, como uno de esos centrales pegajosos que el delantero no logra sacarse de encima ni con su mejor alarde técnico.

Por eso, cuando ya empiezan a volar sobre mi cabeza gaviotas con instintos asesinos y, tras agazaparme en dos o tres escondrijos de la Ciudad Vieja, la máquina reaparece con su zumbido retador, a lo que se empieza a parecer la película es a El diablo sobre ruedas, de Spielberg, más que a Los pájaros, que según la leyenda urbana, Hitchcock iba a rodar en Barrañán, donde buscó localizaciones en un día indefinido de un año más borroso todavía.

Como la leyenda también apunta que don Alfred se hospedó durante su inexistente escapada coruñesa en el Hotel Finisterre, huyo a su sombra por el único lugar donde el servicio municipal de limpieza no puede darme caza: la escalera de la puerta de la muralla, la antigua puerta del mar. Para que luego digan que no se pueden poner puertas al mar.