Lección de humildad en el estadio de Riazor


Ahora que regresa a la ciudad la Liga (el próximo viernes) y que los deportivistas andamos con el pecho hinchado por las buenas sensaciones que han dejado el Teresa Herrera y los nuevos fichajes, no viene mal poner los pies en el suelo y recordar la facilidad que tiene el deporte rey para dar lecciones de humildad incluso a los que no son futbolistas.

La historia que voy a contar sucedió hace ya unos años, en tiempos de Javier Irureta como entrenador de los coruñeses. Y el escenario no fue otro que la antesala del vestuario de Riazor, donde los periodistas esperaban con cierto tedio la salida de los jugadores, a los que querían entrevistar después del entrenamiento de la tarde.

Los primeros en asomar la cabeza no fueron Makaay ni Mauro Silva, sino un grupito de directivos que habían acudido también a la sesión de trabajo. Uno de aquellos mandatarios, en nombre de todos ellos, formuló una pregunta incómoda: «¿Alguien sabe cómo ha quedado el Fabril?». La cuestión retumbó varias veces en las paredes de aquel vestuario sin hallar más respuesta que el silencio, pues la verdad es que nadie conocía a ciencia cierta el resultado del filial del Dépor, que acababa de disputar un partido.

Al silencio siguieron los primeros improperios, a caballo entre la broma y la ironía: «Pero menudos periodistas sois vosotros, unos fenómenos. ¡Manda narices!». Y claro, la respuesta de la prensa llegó de inmediato con idéntica contundencia: «Pues anda que vosotros. ¡Mira qué directivos tiene este club, que no saben ni cómo ha quedado su equipo!».

La disputa empezó a subir de tono peligrosamente: que si los de la prensa no tenéis ni idea, que si los directivos estáis de florero, que si sois unos burros, que si vosotros más... Hasta que desde una esquina perdida, al fondo del vestuario, irrumpió la voz suave y pausada de la señora de la limpieza del estadio, que zanjó la cuestión con el palo de la fregona en la mano: «¡Ganaron 1-0, y jugaron muy bien los chavales!».

¡De-mo-le-dor! Ficha técnica y crónica en un par de frases certeras para escarnio de reporteros y dirigentes del club. El silencio que siguió a esta escena resultó atronador y se prolongó durante unos segundos eternos en los que todos los allí presentes se limitaron a observar sonrojados los movimientos de aquella mujer, que después de tan notable intervención volvía a lustrar el suelo con su instrumento de limpieza.

-Bueno, venga, hasta mañana.

-Sí, mañana más, adiós, adiós.

-Nos vemos, chao.

Fue la cordial despedida de los contendientes, como si nada hubiese sucedido.

Por Alfonso Andrade Coruñesas

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