Si tiene usted una tara de fábrica como la mía, entenderá esos paseos por la Feira do Libro con el único afán de acariciar libros. Unos acarician blusas de seda... y otros pasan la yema de los dedos por las tapas de los libros en cada caseta, cada mes de agosto, cada Feira do Libro, sin falta. Cumpliendo la sana costumbre de comprar un libro (o dos) cada año en las ferias, como recuerdan los cuentos en los que, debajo de mi nombre, indican dónde me lo compraban mis padres.
Como aperitivo, este año ha tocado El ruido del tiempo, de Julian Barnes, pero podrían haber sido dos docenas más, que caerán como siempre a última hora, que por alguna razón los libros de la feria saben mejor. Y de postre, si se hacen pocas las casetas, no hay más que dar un pasito hacia las palmeras para seguir acariciando tapas y hojas de cómics, haciendo una lista de esas que escapan a la comprensión de la cartera y del mini piso. La ciudad está en fiestas porque las librerías se echan a la calle para estrechar las aceras y ampliar el cerebro, que falta hace.
Me piden una lista de librerías de la ciudad y hago un repaso mental, más allá de la feria, para anotar las que no me pierdo, las de toda la vida, las nuevas, las especiales y las especializadas. Que cada vez hay menos, me dicen, y recuerdo otra ciudad en la que una veterana echó el cierre con un cartel que rezaba «Cerrado por melancolía». Melancolía la de los huérfanos de librerías, los que entramos por deporte, a ver qué hay, como quien se toma un café o rebusca en los últimos días de rebajas, sabiendo que algo caerá, como siempre. Melancolía cuando entras en una vacía, tanto que se habla bajito para no hacer mucho ruido. Melancolía cuando pasas por delante de un local que vende chuches donde antes comprabas letras.
Aunque al sol, en las casetas, es difícil ponerse melancólico. Me enseñan todas las fotos de la película El hombre tranquilo en las páginas de una preciosa edición de la novela. Me cuentan quién es Escarlatina, a cociñeira defunta. Una librera intenta convencer a una señora de que podría llevarse Instrumental, la biografía del pianista James Rhodes, y tengo que morderme la lengua para no decirle que lo haga, por dios, que no se vaya sin él, que ya bastante raro es esto de acariciar libros como para andar vendiendo consejos. Por el camino, aparece una colección deliciosa protagonizada por Marieta y Juanita, que resultan ser Marie Curie y Juana la Loca, y sus historias de mujeres fuertes y listas contadas a través de los ojos de una niña.
Y la lista de librerías prometidas al visitante va creciendo, a cada paso, por los jardines, entre casetas.