De las columnas de mercurio y los datos a mano a la precisión de las antenas GPS

La Voz

A CORUÑA

El Mareógrafo es una pequeña joya arquitectónica. En su interior aún quedan algunos viejos papeles de décadas atrás, pero la mayoría han sido trasladados a los archivos y el viejo despacho ha sido sustituido por un sistema digital que sin necesidad de una presencia permanente de técnicos, registra datos de forma constantes.

Allí sigue una preciosa escalera de caracol de hierro forjado que conduce, por la torre, a la terraza con privilegiadas vistas sobre el mar. En lo alto de la torre hay hoy una moderna antena GPS que sirve, entre otras cosas, para facilitarle al Instituto Geográfico Nacional datos sobre movimientos de placas. También son ellos los que se hacen cargo de controlar los movimientos sísmicos, pero esa es otra historia.

Los números que salen del Mareógrafo, y que antes iban por correo, hoy viajan a través de Internet y está accesibles como parte de una red internacional a la que acceden instituciones científicas de todo el planeta. Ya no hay una persona controlando varias veces al día los rollos de papel de los cilindros móviles de los viejos aparatos, sino un radar Vega instalado en el 2011 en el pozo del edificio, un reducido aparato que es lo mejor de lo mejor en la medición de cambios en el nivel del agua. Para mayor seguridad convive con él otro sistema digital, el primero en llegar, con un nombre más robótico: OWK-16, que lleva desde el 2002 dedicándose también a esos trabajos y que era, recuerda García Mollón, menos fiable que el aparato alemán de los años 70, ese que funciona con un reloj de cuerda.

El Mareógrafo, en sí mismo, es un monumento a la ciencia y a lo que representa. Más de medio siglo midiendo mareas sin hacer ruido y contribuyendo -un granito de arena más- a conocer mejor el planeta. Un remanso de paz en un mundo en cambio.