Escocia se sobrecoge con el viento del Mar del Norte, pero nosotros tenemos el ventilador de Rubine. Y esto, por muy contundente que suene, conviene recordarlo ahora que el anticiclón ha sido noticia toda la semana, para que los días de sol que contra todo pronóstico se han instalado en los Cantones no nos lleven a engaño: nuestra primavera no es sino invierno tardío que con frecuencia se adentra en las profundidades de junio?, julio? e incluso agosto sin hilvanar tres días seguidos de cielo azul.
Resignados a convivir con la inestabilidad, los coruñeses acuñamos frases sobre nuestro funambulismo meteorológico. Una de ellas proclama que «hace bueno varias veces al día», lo que resulta de una precisión milimétrica para retratar nuestros inquietantes paseos de sol, nubes negras, chaparrón pasajero, eventual granizo y de nuevo sol. Todo junto, en cuestión de un cuarto de hora escaso. Por suerte, el ratito de buen tiempo da para llegar a la taberna de los calamares (si junio viene templado) o a la de los callos (si permanece invernal).
Rubine? Mar del Norte? Las experiencias térmicas extremas unen mucho. En especial, a pueblos culturalmente próximos. Los escoceses, que soportan un clima similar al nuestro en la estación de las flores, advierten así al visitante: «Si no le gusta el tiempo que hace, vuelva más tarde», una máxima que viene siendo hermana gemela de la coruñesa, coincidencia que alimenta las teorías intercélticas más audaces. Claro que los escoceses tienen el golf, invento propio que les distingue incluso en sus planteamientos atmosféricos: «Mañana jugamos, ¡aunque haga bueno!», se desafían de Glasgow a las Highlands.
Pero la inestabilidad convulsa del cielo primaveral es patrimonio coruñés. Por eso cuando alguien pregunta qué anuncia el hombre del tiempo, se estila por aquí otra respuesta de alta precisión: «Da así como está». Impecable: cuatro palabras para resumir 24 horas de rock and roll climático; verbigracia, «bueno varias veces al día».
Y para pronosticar la duración del anticiclón, que ya amenaza con mitigar sus efectos beatíficos, no está de más desempolvar un dicho autóctono tan redondo como inquietante: «O nordés do luns nunca a mércores chega». Por desgracia, este vaticinio nos aboca en cualquier momento a los 15 grados con sensación térmica de 9 (al menos en Rubine) y al confort de los calcetines de lana. Y sin ánimo de ser pájaro de mal agüero, o nordés do luns se ha prolongado esta semana hasta límites inauditos, así que, por si las moscas, no guarden aún los jerséis de cuello vuelto... o incorporen otra de las enseñanzas de nuestros primos de Edimburgo: «No existe el mal tiempo, sino ropa equivocada».