Bruselas en el corazón

Bruselas es una ciudad calumniada. Se dice que es fea y aburrida, pero es hermosa y fascinante, en la que cada barrio es un mundo


Bruselas tiene una reputación injusta. Se dice que es una ciudad fea y aburrida. Incluso Sabina tiene una canción en la que insinúa que no hay nada más absurdo que un belga que se divierte. Tengo la teoría de que esa mala fama es una venganza de los miles de funcionarios de otros países que tienen que vivir allí contra su voluntad, de los políticos que se pasan noches de negociación a base de cafeína en los edificios de la UE. Por culpa de ellos, la propia palabra Bruselas ha terminado sinónimo de burocracia.

Cuando viví allí durante un tiempo, sin embargo, la encontré una ciudad hermosa y fascinante. Me gustaba ir al Petit Sablon, a leer en el pequeño parque custodiado por las cuarenta y ocho esculturas que representan los antiguos gremios; o ir con Pilar a ver las marionetas del Teatro de Toon, que contaban historias disparatadas en dialecto bruselense. Curioseábamos por el Vieux-Marché -nunca tuvimos la suerte de Tintín, que encontró allí el famoso unicornio-. Íbamos a pasear por el bosque de Tervuren, en el que parece que siempre está a punto de comenzar el otoño; o al cine en la Puerta de Namur, donde la audiencia eran parejas de adolescentes de origen magrebí, felices de salir un viernes por la noche.

No es solo la Grand Place, la «sala de estar de Europa». Los barrios de Bruselas son cada uno un mundo. Ixelles y sus fachadas modernistas, como cuadros de Klimt puestos en pie; Les Marolles y su aire de melancolía proletaria, bohemia de otro tiempo. Matonge es un pedazo de África en Europa, con sus peluquerías en las que suena a todo trapo la música congolesa, y la gente que está sentada en las calles mirando el tiempo que pasa. Incluso el Barrio Europeo, la desangelada jungla de cristal y metal, es un pintoresco gueto de tipos con corbata, lobistas y cámaras de televisión; el lugar donde Europa intenta entenderse a sí misma.

Bruselas siempre fue ese lugar de introspección, a veces furiosa; una ciudad de exiliados, poetas y misioneros. En una pensión de Bruselas comenzó a escribir Víctor Hugo Los miserables; en las galerías Saint-Hubert compró Verlaine la pistola con la que disparó sobre Rimbaud; en el restaurante de Le Cygne redactaron Marx y Engels el Manifiesto comunista mientras se fumaban un cigarro -hoy el sitio es tan caro que no hubiesen podido pagar ni el café-. Cierto que Bruselas, más que ser, fue. Pero tiene la variante de la belleza que más tiempo se tarda en adquirir, la de la melancolía. «Ciudad muerta y viva, marítima sin mar y líquida sin río», decía de ella Maurice Béjart.

Sí, Bruselas es una ciudad calumniada, y hoy es un día apropiado para mostrarle afecto. Por lo que he podido ver, el dolor de Bruselas ha ido a refugiarse en la Plaza de la Bolsa, donde se ha erigido un altar de velas, banderas y mensajes políglotas, la cosecha de todos los atentados en Europa, cursi pero sentida. «Yo soy Bruselas», dice una pancarta en francés y en flamenco. Como en un photocall, la gente va pasando por detrás para dejarse retratar: belgas, turistas, inmigrantes, africanos, magrebíes, asiáticos, funcionarios de la UE? Bruselas, cosmopolita tanto en la vida como en la muerte.

La Plaza de la Bolsa: al llegar las Navidades recuerdo que se llenaba de tenderetes de madera donde vendían salchichas y vino caliente. Enfrente está Le Cirio, en cuya barra se apoyó durante años el gran Jacques Brel, mientras tomaba notas para las letras de sus canciones de amor. «Es duro morir en primavera», escribió en una de ellas.

Miguel-Anxo Murado es Escritor y periodista.

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