Un niño sirio de dos años fue el primero del 2016. Su cuerpo fue hallado por pescadores poco después de que un bote con 39 personas a bordo se estrellara contra las rocas en una isla griega. La noticia ya no incluía el nombre del pequeño. Son ya tantos los niños que han perdido la vida en el intento de sus familias de llegar a Europa que la lista de nombres ocuparía demasiado espacio.
Un millón de refugiados llegaron a las costas europeas en el 2015. Cerca de la mitad eran sirios, un país de 23 millones de habitantes, que contabiliza ya 250.000 muertos, cuatro millones de refugiados y ocho millones de desplazados internos.
Según Frontex, la agencia europea de control de fronteras, la cifra de refugiados no descenderá en el año que acaba de empezar.
Probablemente, los cerca de dos millones de dólares diarios que manejan las mafias que engañan a quienes huyen del terror tengan que ver con esa previsión.
Mientras, Europa sigue discutiendo. Angela Merkel se queda sola con su llamada a ver la llegada de refugiados como una oportunidad para su país. Sus propios socios de gobierno en Baviera le exigen que no pasen de 200.000 y los líderes de otros países de la UE que aplicaron con fruición sus recetas de austeridad contra la crisis miran ahora hacia otro lado. O ponen vallas. O implantan controles, como acaba de decidir Suecia. Están ocupados enviando mensajes navideños de paz, prosperidad y amor y presupuestando cabalgatas de Reyes que no llegan a los campos de refugiados. Al fin y al cabo, son solo vidas de niños lejanos, cuya estela se extingue segundos después de que la noticia ocupe unos segundos de televisión o unas líneas de periódico.