Rocío Romero tiene hoy 25 años. Los 16 los cumplió en un pueblo de Indiana, al que llegó con la beca concedida por el Ayuntamiento para estudiar en Estados Unidos en el curso 2006-2007. «No fue un paso decisivo, sino lo siguiente», dice resumiendo lo que supuso por las aulas americanas, algo que determinó su vida laboral y personal.
«Sin beca no me lo hubiese podido permitir», afirma Romero, que a su vuelta acabó estudiando precisamente Filología Inglesa y que hoy trabaja como coordinadora para una empresa que organiza viajes para aprender idiomas. Hasta ese punto marcó su vida su paso por Estados Unidos.
«Yo sacaba dieces en inglés en el instituto [el Monte das Moas], pero al llegar al pueblo me di cuenta de que no me enteraba de nada, tardé hasta Navidades en adaptarme», recuerda sobre una estancia que también dejó su huella en lo personal: «No había Internet en mi casa, no hablaba con mi familia más que una vez por semana, no podía comunicarme bien con la gente... En un mes creces tres años», dice. La nota final a lo vivido no tiene matices: «Fue súper gratificante», afirma.
Además, estableció una relación con la familia de acogida que se mantuvo con los años. Al verano siguiente volvió de visita y a estar con ellos y doce meses después fueron los norteamericanos quienes le devolvieron la visita. «Ten ensancha mucho la mente, Estados Unidos tiene mucho que criticar y también muchas cosas buenas», resume su estancia, que recomienda a cualquier estudiante.