Triste final para una carrera política larga y llena de victorias electorales y de cargos de la máxima importancia. Manuel Chaves, el que fue ministro de Trabajo con Felipe González y vicepresidente del Gobierno con Zapatero, el presidente de la Junta de Andalucía entre 1990 y 2009, el presidente del PSOE entre el 2000 y el 2012, esperó hasta ayer para entregar el acta de diputado que lo mantenía como aforado después de que el Tribunal Supremo lo imputase por prevaricación. El alto tribunal no vio en su conducta indicios de enriquecimiento personal, pero sí de haber permitido durante décadas la concesión de ayudas a empresas por un procedimiento ilegal.
De aparecer en la famosa foto del clan de la tortilla a convertirse en sombra que se proyecta sobre los anuncios de regeneración del actual secretario general de su partido. Triste final para una larga carrera el llegar a ser utilizado como moneda de cambio para permitir la investidura de su sucesora al frente de la Junta. A la actual presidenta no le ha quedado más remedio que marcar distancias con su antecesor, como demostración de que su gobierno deja atrás la imagen de núcleo de una red clientelar para perpetuarse en el poder.
Pudo haber evitado que su permanencia en el Congreso fuese utilizada para resaltar la vinculación y responsabilidad del PSOE en uno de los casos más voluminosos de presunta corrupción.
A quienes han manifestado tanta contundencia verbal en desvincularse de un político contaminado, les queda ahora demostrar su apuesta por la regeneración con propuestas en su programa para las generales sobre eliminación de aforados y controles preventivos de la corrupción.