A dos mil años sobre el suelo

En lo alto de la Torre A Coruña se encuentra a solas consigo misma


Siempre pensamos que la torre de Hércules es más alta de lo que es en realidad. Debe de ser algo freudiano, porque el faro, como el Obelisco o el Millennium, no deja de ser un símbolo fálico. La Torre la llevamos en la cabeza algo idealizada y estilizada y luego, al llegar a eso que llamamos la sartén o la raqueta de la Torre, se nos antoja un poco más canija de lo que habíamos soñado. También sucede que, de tanto ver el trofeo del Teresa Herrera dando vueltas en el escaparate de Malde, a veces pensamos que la Torre es de plata y no de piedra. Será porque la Torre aún da vueltas en nuestra memoria, y eso que ya no está Malde en la calle Real y que el Teresa Herrera ya no es tampoco aquel Teresa Herrera que a veces jugaban cuatro campeones de Europa.

Ser torrero en el faro romano es la vocación perdida de todo coruñés, casi como llevar en la espalda el diez del Dépor, o incluso el once, pero el asunto de las señales portuarias se ha automatizado mucho y ya no hay torreros que vivan en el faro, aislados por los temporales, escribiendo novelas de quinientas páginas entre naufragio y naufragio.

Menos mal que es nuestro escudo, sobre tibias cruzadas y calavera, porque hace ya cuarenta o cincuenta años que tenemos la obsesión de tapar la Torre desde todas las perspectivas posibles, y no quedan ya demasiados lugares de A Coruña desde donde se pueda ver el monumento sin ladrillos de por medio.

La ciudad, a fin de cuentas, es el pedestal que eligieron los romanos para plantar encima la torre de Hércules y garabatear luego en una lápida la dedicatoria del arquitecto: «Consagrado a Marte Augusto. Cayo Sevio Lupo. Arquitecto de Aeminium Lusitano en cumplimiento de una promesa».

Ya no están los restos del Mar Egeo, que daban una escultura posmoderna, oxidada y perturbadora, y que tuvo de okupas a unos ecologistas que se negaban a su retirada. Era de largo la mejor escultura del parque de esculturas de la Torre, pero era más rentable desguazarlo y convertir el petrolero en alambre de obra, así que ahora habrá por ahí alguna vivienda recorrida por el esqueleto metálico del buque.

Pero no nos importa, porque desde que Gianinni y Cornide -que se ponía el Joseph delante del apellido para ser más british, más viajado- vistieron el faro con su frac de piedra ilustrada, la Torre ha sobrevivido a naufragios, mareas negras y hecatombes varias. El Mar Egeo, el Urquiola y el Prestige son solo algunas muescas en sus dos mil años de vida. El faro va tan sobrado que, cuando se le estampa un petrolero en los pies, ya ni pestañea cuando le pasan una bayeta húmeda por la piedra para limpiarle la carbonilla.

Desde lo alto de la Torre, 59 metros desde la base y 120 sobre el nivel del mar, hay que fijarse mucho para divisar Irlanda a lo lejos, como ya sabían los antiguos coruñeses y Luis Seoane, que se subía a lo alto en los días de niebla para cerrar los ojos y ver Irlanda y lo que le daba la gana.

También desde Irlanda hay que cerrar los ojos para ver la Torre. En Dublín conocí a algún parroquiano que veía a lo lejos la torre de Hércules, sin necesidad siquiera de salir del pub de Tara Street en el que despachaba una pinta tras otra. Tal vez por eso mismo los viejos del lugar dicen que a veces, en una mañana muy clara, hasta han visto la llama de la estatua de la Libertad, aunque matizan la hazaña para no parecer hiperbólicos:

-Solo se ve la puntita.

Ya ha salido la flor del tojo al pie del faro, que debería ser la flor nacional de Galicia como la flor del cardo es la flor nacional de Escocia. Escocia ya no se ve desde la Torre, pero se adivina o intuye tras el crómlech que talló Isaac Díaz Pardo en el Campo da Rata, donde los fusilamientos.

Uno sube por el interior de la Torre y va parando en los descansillos para recuperar algo de fuelle y para pegar los ojos a la ventana y ver el mar rompiendo contra las piedras como en ningún otro lugar de A Coruña. Este es el último rincón salvaje que nos queda, a salvo de la tecnología y de las infraestructuras, que no pueden con el Atlántico.

El interior del faro tiene algo de templo civil, laico. Para eso los romanos la verdad es que eran muy suyos. A la Torre deberíamos venir todos los coruñeses al menos una vez al año, para recibir una dosis de coruñesismo en vena y luego ir tirando otros doce meses.

Hay 234 escalones desde la base hasta la terraza. Los niños vienen de excursión con sus maestras a la Torre y, tras culminar la hazaña del ascenso, bajan gritando muy alto «¡2-3-4!», para que nos enteremos todos de que han atendido a la guía.

Al llegar arriba, hay otra niña muy aplicada que viene contando de uno en uno los tramos hasta que pone el pie en el último peldaño y grita, pletórica:

-¡234!

A los niños les gusta mucho contar. A un niño de siete años lo pones a contar y no para hasta que entra en la adolescencia.

Las vistas desde la terraza son un mundo, aunque cambian mucho según el día. Si hay algo de bruma, la ciudad aparece ahí abajo como un lecho borroso del que apenas emergen las torres de Juan Flórez y poco más. A veces, con mucha suerte y un horizonte inusualmente despejado, se ve desde San Pedro hasta el dique de abrigo, y luego, al pie mismo del monumento, su barrio, Monte Alto, que mira como por encima del hombro a Riazor.

Pasa el helicóptero de Salvamento, llega un petrolero que avanza lentamente hacia el pantalán de Repsol y estallan los espumarajos blancos del mar contra los filos de roca de la península de la Torre.

A veces hay que subir a lo alto del faro para cerrar los ojos y ver la Torre como la pintaron Luis Seoane, Pablo Picasso, Urbano Lugrís o Tino Grandío. Para recordar las palabras sobre su espejo encantado, sobre Hércules, Gerión, Ith y Breogán, y para invocar a Von Humboldt y su Torre de Hierro, a Wenceslao y su pardo capotón de granito, o a Pardo Bazán y el palacio de gnomos que veía en la linterna del faro.

Aquí arriba, a dos mil años sobre el suelo, A Coruña se encuentran al fin a solas consigo misma.

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