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Antes de que Tony Blair respaldara la estampida de Bush en Irak, el nuevo laborista compartía pocas cosas con el expresidente estadounidense. Las tensiones que desembocaron en el 11-S y una cierta levedad intelectual acabaron convenciendo al inglés de que aquel texano que de pronto vio «fuerte, directo y con una seriedad subyacente» era el comandante a cuyas órdenes merecía la pena estar.

Lo cuenta en el recopilatorio Reportero David Remnick, director del New Yorker, que en un artículo dedicado a Blair constata que Bush disolvió con la simpleza con la que siempre zanjaba los grandes asuntos aquella inesperada trabazón: «Ambos utilizamos pasta dentífrica Colgate». Como se sabe, no era la primera vez que el príncipe de los republicanos sucumbía a la lógica más desconcertante para resolver asuntos complejos.

En una ocasión, después de que tres millones de hectáreas de magníficos bosques sucumbieran al fuego, promovió una ley de una eficacia deslumbrante: si talamos todos los árboles evitaremos que ardan, arguyó para convencer a la cámara. 

La teoría del Colgate rezuma esa contundencia inquietante que bordó Peter Sellers en Bienvenido Mr. Chance» en la que su orate Chauncy Gardiner ofrece la más devastadora parodia de la cháchara vacía de los políticos.

El autista de Sellers analizaba de esta forma una de las crisis bursátiles sobre la que fue consultado: «En todo jardín existen la primavera y el verano, pero también el otoño y el invierno, a los que suceden nuevamente la primavera y el verano».

Recurramos ahora a Gardiner para entender como se merece el carrusel electoral que nos acecha.

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