En los años 60 era frecuente encontrarse en los salpicaderos de los coches un pequeño portarretratos que recogía la expresión que da título a este artículo. Pues bien, en pleno siglo XXI la frase alcanza una nueva dimensión tras la amenaza de la DGT de sancionar a las personas que corran por la calle. Es hora de elegir entre el consejo médico que anima a realizar ejercicio o la letanía de aquellos hijos preocupados por la integridad de sus progenitores. No sé si la propuesta de la DGT será viable, pero a quien se le ocurrió es para ponerle una medalla: la de la jubilación. La asfixia sancionadora a la que se nos somete es ya insoportable. De momento nada hay legislado sobre el consumo de oxígeno, o sea que de momento podemos respirar sin pagar. Pero no se hagan ilusiones, es posible que la tasa sobre el consumo del aire esté en estudio.
Si en la situación actual de penuria económica tenemos que pintar una vivienda, seremos requeridos para realizar la obra bajo amenaza de sanción. Pero si la propietaria del edificio abandonado es la administración, entonces se aplica aquello de que «la caridad bien entendida empieza por uno mismo». Dejan en el abandono el patrimonio de todos, se dedican a vigilar a los sufridos contribuyentes y se olvidan de inmuebles como la prisión provincial, sumida en un horrible abandono.
Una última reflexión: compórtense como si fueran ciudadanos normales y guárdennos a los demás el respeto debido que obliga, entre otras cosas, a no ofender nuestra inteligencia. Con la que está cayendo en estos momentos habrá que cambiar la célebre frase «papá no corras», por otra que bien pudiera rezar: «Papá sal corriendo».