Todos tememos ese momento de miedo escénico en el que, mientras esperamos armados de paciencia y acodados sobre el mostrador, el funcionario de turno nos responde, impertérrito:

-Pues no me sale en el ordenador.

Porque sabemos que lo que no sale en el ordenador del funcionario sencillamente no existe. Si el funcionario busca en sus casillas informáticas la torre de Hércules y no le sale, da igual que, en plan Woody Allen en Annie Hall, tú saques de la cola al mismísimo Cayo Sevio Lupo, para que le explique al auxiliar administrativo que él levantó el faro con sus propias manos en la época de los romanos. El funcionario, impasible, le dirá a Cayo Sevio Lupo:

-Si no me sale en el ordenador, es que no existe.

El funcionario, ya lo contó Franz Kafka con más esmero, es ese tipo que, para verificar que el ciudadano que tiene delante está vivo, le pide tres copias compulsadas de su partida de nacimiento, una fe de vida y una declaración jurada del titular de la biografía.

Pues a Puerta Real le pasa un poco eso, que es una puerta perdida en el limbo de los papeles timbrados y la triple fotocopia para los amanuenses del Registro Civil. Si se busca «Real» en el callejero cibernético del Ayuntamiento lo único que sale es la calle, pero no la puerta. Si se insiste en la búsqueda, el ordenador ya se pone impertinente, que por algo tiene alma de replicante de Blade Runner:

-No se ha encontrado ninguna vía.

Y si uno, pasando de la realidad virtual e impostada de Internet, se echa a la acera y se pone a buscar Puerta Real a pie de obra comprobará que, efectivamente, no existe. En el lugar que se supone que está Puerta Real, si uno se pone a cotejar las placas municipales, solo encuentra la avenida de Montoto (el nombre de incógnito que lleva el primer tramo de la Marina), la calle Santiago, el paseo de la Dársena y, ya entrando a María Pita, la escueta calle María Barbeito (una calle de vía estrecha, como el tren de Ferrol, tal vez una de las más breves y sucintas de la ciudad).

En la intersección de todas esas rectas y curvas se supone que está Puerta Real. Pero no está. Porque, en realidad, Puerta Real solo existe en la tradición oral. Un día me lo explicó Ángel Padín, que era un sabio de la ciudad y sus historias mayúsculas y minúsculas:

-No hay ninguna calle ni plaza que tenga ese nombre. Puerta Real solo existe en las placas de los buses urbanos.

Pero encima, la parada, que luce el histórico número 1 en el listado de la Compañía de Tranvías, está de baja laboral hasta que rematen las obras faraónicas de la Dársena y el apeadero se ha largado por la izquierda hasta el quiosco de la Marina y, a la derecha, hasta la cuesta del Parrote (que tampoco se llama cuesta del Parrote, sino paseo de la Dársena, aunque eso ya poco importa a estas alturas de la inexistencia callejera).

-¿Perdone, pero usted sabe por dónde cae Puerta Real?

-¿Cómo por dónde cae? El que cae es usted, pero de un meteorito. Si está más cerca, le muerde. Esto es Puerta Real.

-Acabáramos.

-Estos turistas cada vez nos vienen menos preparados. Qué barbaridad.

En lo que todos (excepto el callejero municipal) entendemos por Puerta Real está la Casa Rey, de Julio Galán, y la residencia de las monjitas, las religiosas de María Inmaculada, que se levanta en el solar de la antigua sede de La Voz de Galicia.

Si uno sube de noche por Puerta Real hacia la iglesia de Santiago descubrirá que en el vestíbulo de la Residencia Juvenil Femenina siempre hay una monja sentada en una silla, dormida o durmiendo -ya aclaró Cela que no es lo mismo-, esperando a que vuelva al redil la interna noctámbula para echar el cerrojo hasta el día siguiente. La monja, entre que lee un poco una revista y reza el rosario a ratos, acaba cabeceando sobre el papel cuché para pasmo de los turistas, que la ven como un exotismo más de este país tan pintoresco y costumbrista, y a veces, ya lanzados, hasta le quieren sacar una foto con el móvil a la monja de guardia.

En Puerta Real, o como se llame esta encrucijada, siguen la parada de taxis y la inmobiliaria Versalles, refugiadas bajo los soportales de las monjitas, pero el Banco Pastor de la esquina hace tiempo que bajó la persiana, víctima de esa manía que le entra a los bancos en las crisis por fusionarse y absorberse unos a otros, como si la economía fuese Saló o los 120 días de Sodoma.

Y entonces, ya mosqueados porque Puerta Real parece más inexistente que aquel fabuloso caballero de Italo Calvino, nos damos de morros con las únicas pruebas tangibles de que no se trata de una leyenda urbana: un resto de la muralla en la que se abría la dichosa puerta (tapado por un cristal algo guarro y empañado), un quiosco con mucha prensa llamado La Ó-Puerta Real, y, en el portal número 2 de la calle Santiago, la antigua casa de Alfonso Molina, con la inevitable lápida de homenaje. En lo que fue el garaje del alcalde tropezamos, casi sin querer, con el escurridizo topónimo. Es la heladería de Chus, de nombre oficial Heladería Puerta Real, donde siempre te sirven una sonrisa junto a la tarrina artesana de mojito, chocolate o turrón.

-¿Qué va a ser?

-Uno de pistacho.

Pasa el bus número 2 hacia los Castros y en la Marina rugen las excavadoras. Todo tan real como la puerta inexistente.

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Puerta Real no existe