El éxito desde el trabajo sin descanso

Antón Bruquetas

A CORUÑA

Antonio Núñez, en la calma que sucede en Abegondo a un entrenamiento, comentaba que si algo le ha impresionado del Dépor, además del calor de la afición, es la calidad humana de este vestuario. Lo definió como «un grupo de trabajadores infatigables», donde no fue capaz de encontrar ni una sola chispa de egolatría. «No hay figuras, solo futbolistas dispuestos a arrimar el hombro», decía el veterano centrocampista. Núñez, que lo ha vivido prácticamente todo en el mundo del fútbol, no ha visto un equipo tan predispuesto al sacrificio en su vida. Y este, probablemente, haya sido el aval más valioso para que el Dépor regresase a Primera por la puerta grande, tan solo un año después de descender y tras haber atravesado un camino plagado de alambres durante una de las temporadas más complicadas en la historia del club.

Pocos se acordarán ahora de que estos jugadores estuvieron varios meses sin cobrar y que aquellas miserias de los despachos las tapaban con éxitos sobre el césped. Y de que acogieron a cada nuevo inquilino, a cada nuevo compañero de taquilla, como si se tratase de uno más de la familia. Y, por eso, pese a los cambios, el bloque, una amalgama perfecta de ilustres veteranos y de canteranos emergentes, jamás perdió la esencia.

Fernando Vázquez les había lanzado un reto en verano -incluso antes, cuando pronunció aquel premonitorio «Volveremos» en las entrañas de Riazor-. El entrenador era consciente de que iba a ser un año duro, donde correr más que el resto, donde esforzarse hasta exprimir la última gota de sudor tendría la recompensa más sobresaliente. Y la plantilla recogió el guante, interiorizó el desafío como si de un mandamiento se tratase y no lo abandonó ni siquiera cuando los renglones se torcieron. Ahora ya son de Primera.