A los diez años de su muerte, el legado literario del heterodoxo autor de «2666» no ha dejado de agigantar su leyenda
14 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Como señaló en su día otro viajero de los senderos menos transitados de la literatura, Enrique Vila-Matas, la legendaria peripecia de Arturo Belano y Ulises Lima representó «un carpetazo histórico y genial a Rayuela» y abrió la brecha para explorar las vías literarias del nuevo milenio.
El oficio de explorador es en su caso, como en el de Vila-Matas, el de explorador del abismo. Así lo evocaba uno de sus grandes cómplices, Rodrigo Fresán, al recordar esta frase con la que Bolaño había dibujado su visión del oficio en una entrevista: «La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samuray no pelea contra otro samuray: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, de salir a pelear: eso es la literatura».
Fue, como Belano y Lima, un detective salvaje. Pero no buscaba a Cesárea Tinajero, sino a aquel bebedor de café que llevaba un pitillo cosido a los dedos y que vigilaba de noche el cámping Estrella de Mar de Castelldefels. Se llamaba Roberto Bolaño y, de niño, su abuela le sacaba de paseo por el desierto.
Tratándose de un insomne crónico no pudo elegir otro momento para partir. Fue en plena madrugada. A las 2.30 horas del 15 de julio del 2003, en el hospital Vall d?Hebron de Barcelona, la ciudad que lo fascinó desde que en 1977 aterrizó en un diminuto cuarto de la calle Tallers, y donde muchos lustros después aguardaba por un hígado de repuesto que, como Godot, ya nunca llegó. Roberto Bolaño tenía entonces 50 años y hacía solo dos semanas que había entregado la colección de cuentos El gaucho insufrible a su editor, Jorge Herralde. No pudo rematar la monumental 2666, que se publicó en Anagrama un año después y que disfrutó de un asombroso éxito en Estados Unidos. Su gran novela póstuma, un desafío sin concesiones al lector, encerraba un pequeño guiño gallego al deslizar entre las lecturas de Amalfitano el Testamento Geométrico de Rafael Dieste publicado en 1975 por Ediciós do Castro. No es la única presencia de Galicia en su torrencial obra, ya que un abogado gallego también se pasea por las páginas de su indiscutible obra maestra: Los detectives salvajes (1998, premios Herralde y Rómulo Gallegos).