«Aquel año hubo mucho percebe»

Tras el «Urquiola» y el «Mar Egeo» aumentó el crustáceo, según dos expertos mariscadores


A Coruña / La Voz

Conocen cada piedra: «O barco meteuse por alí naquela pedra que é A Galera». Detallan cada movimiento del mar: «Alí onde vai romper a ola é O Gaivoteiro, onde quedou o puente». Camino de los 82 años y tras extraer percebe desde Vilano a Ortigueira, Emilio Mariñas recuerda en la Ensenada do Sogadoiro -«porque aquí xoga o mar coas pedras, ¿non ves como están redondeadas?»- aquella madrugada de diciembre. Su hijo Luis Miguel, Lichi, otro experto percebeiro, evoca que «me llamó mi vecino al oír los helicópteros». La familia de Lichi sería una de las desalojadas del barrio de Adormideras, «fuimos dormir a Arteixo», ante el peligro de que les afectara la combustión de crudo. También recuerda que después de estar un tiempo cerca de la zona del siniestro «la cazadora que llevaba tuve que tirarla porque estaba llena de petróleo».

Ambos apuntan que, al igual que había ocurrido tras el naufragio del Urquiola, después del siniestro del Mar Egeo estuvieron unos seis meses sin ir a faenar y luego «aquel año hubo mucho percebe, no sabemos por qué, pero lo hubo».

«Dios estaba allí, si no...»

Emilio recuerda como aquella madrugada estaban viendo las labores de rescate de la tripulación del petrolero «e de repente explotou; había dous homes arriba que saltaron ao mar e non sei como saíron vivos».

Muy cerca de donde saltaron los que huían de las llamas estaba Ramón Martínez patroneando la lancha de la Cruz Roja Blanca Quiroga. «¡Ahí va! Ese soy yo», bromeaba el pasado viernes en el parque de Bens. Allí está la lancha, botada en el mes de julio de 1973, y un panel recoge las apenas cinco líneas del cuaderno de bitácora del día del accidente. Así, da cuenta de la evacuación por parte de los helicópteros «hasta que al ser la hora 10.10 sufrió la primera explosión, tirándose seis personas al agua, recogiendo nosotros a cuatro de ellas: el capitán, un tripulante y dos rescatadores de helicóptero, regresando a base sin más novedades. En la evacuación se pierde un walkie-talkie». Es el escueto relato de una gesta. Para Ramón Martínez, desde aquel día «Dios existe y estaba allí, si no no se salvaban todos». Y es que «las olas eran de ocho metros, ni se nos veía entre el oleaje». La dirección del viento, que arrastró la contaminación a Ferrol, evitó que se quemaran. Eso, y la pericia de Ramón Martínez.

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