El edifico de A Moura parece, a día de hoy, un puesto fronterizo. Dos furgones policiales lo flanquean. Si alguien desea acceder a la parte posterior del inmueble, los agentes lo detienen. Piden la identificación, toman nota de la persona y permiten el paso. Y eso provoca hileras de furgonetas asumiendo con total normalidad una situación completamente excepcional.
«Yo estoy en el 3.º D del número», explica un hombre al agente del 091. Viene de comprar la prensa. Mientras le entrega sus documentos al policía, les muestra a sus familiares el periódico. Dice que no tiene nombre, que todo lo tiene en manos de un abogado y que está «muy tranquilo» allí con toda su familia. Provienen de Penamoa, en donde vivían dentro del núcleo de los portugueses.
Vive en uno de los edificios. A las doce del mediodía solo hay menores y mujeres en ellos. Para subir a los pisos hay que hacerlo por las escaleras. En el portal, la citación judicial pegada con celo. Al lado de la puerta del ascensor, una lavadora. Los buzones, todos abiertos. Y la primera puerta abierta da acceso a una vivienda. Basura, baños destrozados y enchufes arrancados forman el paisaje.
En el edificio aún vive gente. «Ayer se fueron dos familias. Tuvieron un juicio y les dijeron que se tenían que irse a las 24 horas», explica una mujer a las puertas de su casa temporal. No permite hacer fotografías. Tampoco da su nombre. Poco después el otro grupo de okupas, los ligados al 15-M, empiezan a salir con bolsas de su edificio. ¿Se van? «No tengo que decirte nada», contesta uno de ellos.