Vamos, tienen que escucharme, dejen ese whiskey y esa cocaína». Joaquín Fénix versionando a Jhonny Cash, hace un dibujo en el tiempo que dura la canción Cocain blues in Folsom prisión. La voz rocosa de Jhonny retumbando en San Quintín, reclama el advenimiento de una nueva humanidad que suaviza el castigo y la pena y avanza una esperanza, evocando sentimientos que atraviesan rejas y rompen cadenas.
Visitando sus galerías se hielan los huesos de despiadada miseria y olvido, en aquel aislamiento de culpas dudosas, de clamorosos errores judiciales, de venganzas políticas. Uno se pregunta, deambulando por las patas oscuras de esas tipologías de araña, si nuestra confortable sociedad no estaría más tranquila si muchos de los que circulan entre nosotros blindados con camisas de oro especulando con el dinero de los pobres «sin ánimo de lucro», fueran los inquilinos de honor de esos hoteles del terror. El desasosiego que transmiten esos espacios de tortura inquisitorial, habitados de criaturas desamparadas en tantos casos, que nos miran desde sus fotos de familia, rancios recuerdos, colgados en las hemerotecas, se redime con la guitarra rasgada del Hombre de negro, que baja de su trono desde Hurt a la arena y les dice al oído: «Vigilo de cerca a este corazón mío, porque eres mía, yo camino por la línea. La vara y el látigo a cambio del poema, la canción, el arte, para estos lugares de triste memoria, reciclados de un mundo de justicia victoriana. Centros de encuentro y espacios de libertad, en esos fosos de gritos y susurros, pedimos para nuestras vergonzosas excárceles y no, sospechosas cárceles terapéuticas. Como en Alicante, en Ávila, en Cruz de Humilladero en Málaga, en Zamora, en Rancagua en Chile, en Atrapamuros en Argentina, en Alemania? Te aseguro que la noche es oscura y el día claro. Porque eres mía camino por la línea?».