Cuasicosas

Fernanda Tabarés M

A CORUÑA

uy procedente que reciba el Nobel de Química el descubridor de los cuasicristales. Según refieren las crónicas, estas formas estructurales se consideraban hasta ahora una entelequia teórica, pero el israelí Daniel Shechtman ha demostrado que existen en la naturaleza. Muy procedente, digo, porque estamos rodeados de cuasicosas. La cuasieconomía, por ejemplo, que había sido imaginada pero no vivida, y cuyos asertos fundacionales son: todo lo que puede ir mal irá peor. El cuasipaís, también, en el que las personas se esfuman y las entidades financieras también, atendiendo a una regla principal según la cual la evaporación, a pesar de lo descrito, no afecta únicamente a los líquidos. Tenemos también a las cuasiduquesas. Hasta ahora los bufones entretenían a los nobles, pero en el nuevo paradigma existen aristócratas que bordan la bufonada. Sobresale el regocijo cómplice de los que sacan tajada con el ridículo ajeno. Y están las cuasimanzanas, las de la edad digital del cuasidios, el i-God Jobs. Hasta 1984, el fruto carnoso era el de Eva o como mucho el de Newton y era cuerpo y materia. Pero con el advenimiento de la era Macintosh, en el 84, la manzana pasó a ser otra cosa. Conviene prepararse para una revisión de la contabilidad temporal porque el orwelliano referente será el año cero de este nuestro tiempo.

Y hasta estamos las cuasipersonas, y que son, según advierte un amigo, seres humanos despojados de todas sus aplicaciones, que progresivamente están siendo trasladadas a cuanta tableta está por llegar. En nada, para pensar necesitaremos instalarnos un driver.