05 oct 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

El universo se expande. Y a un ritmo cada vez mayor. En esa inmensidad bucea el último Premio Nobel de Física, concedido a tres bandas. En esa dinámica es fácil perderse, desorientarse ante lo que parecen paradojas espacio temporales. Porque el universo no solo parece avanzar a toda velocidad. Desde la rutina da la impresión de que se retuerce y sigue caminos inescrutables que se cruzan, se pisan y hasta se sobreponen en diferentes estratos. Por eso a veces lo presuntamente actual parece más bien un imprevisto viaje al pasado. Una especie de broma con sus toques macabros. Basta un vistazo a la prensa para comprobar. Resulta que la duquesa de Alba protagoniza la boda del año. Un juez considera que llamar zorra a una mujer, más que un insulto, es una alabanza a la astucia femenina. Leonardo DiCaprio rompe con su glamurosa novia. Los números estiran sin piedad las colas del paro. Europa hilvana pero no cose y busca difíciles acuerdos sobre temas trascendentales ante la atenta y atónita mirada de Estados Unidos. El ladrillo vuelve a palpitar en Barreiros. A los bancos les cuesta dar crédito a los ciudadanos y los ciudadanos no dan crédito ante los bancos. Y nuevos políticos quedan atrapados en la maraña de la penúltima trama de corrupción política.

El universo avanza. Veloz. Y la última consecuencia, según los estudios llevados a cabo por los científicos premiados por la Academia Sueca será que todo acabará congelado. Pero lo que parece detenido es el tiempo. Como disecado. Suspendido en un bote de cristal para deleite de unos y asombro de otros. Como dijo un jugador de Primera División, «el futuro ya pasó».