AAnda encorvado. Como si cargara con el peso del pasado sobre sus espaldas. Se pasa la mano por el pelo con torpeza. No pretende peinarse. Es como si se atusara torpemente las ideas. Su voz es un engrudo para el oído. Dice que sabe salir a flote cuando todo está en contra. Recuerda que fue drogadicto. Que su padre presenció en directo su detención. Que estuvo en prisión por posesión de cocaína. Que tuvo que exprimir una pensión para poder criar a dos hijos. Y que en su otoño es el experto en la industria de la comunicación de The New York Times. La vida de David Carr es, en fin, una historia netamente americana. Una buena montaña rusa que fue ralentizándose con los años. Con las derrotas remendadas con los triunfos. Es probable que cualquier día un buen actor con hambre de prestigio y premios interprete el papel de Carr en un largometraje. Quizás con el tiempo. Pero, de momento, Carr es carne de reportaje. Se trata de uno de los periodistas sobre los que gravita el documental Page One, un año en The New York Times. El reportaje que ofrece memorables protagonistas y secundarios para inspiración de la ficción. En el documental se plantea qué sucedería si cerrara The New York Times. Una pregunta dura y recurrente en Estados Unidos. A Carr no le da miedo la respuesta. «¡Adelante!», desafía en público a un gurú de un portal agregador de noticias. Y mientras lo dice, levanta un folio con el aspecto que tendría el mencionado portal si prescindiera de la información que pesca de los medios convencionales, los periódicos de toda la vida, de los que tantos siguen bebiendo. Y en ese papel no hay más que agujeros. David Carr. Un personaje.