Veinte años de crímenes

Tres de los cuarenta casos de la historia negra reciente tuvieron como víctimas a niños


a coruña / la voz

La historia negra local está escrita con sangre y atrocidad. Una cuarentena de crímenes salpican las dos últimas décadas en la comarca, algunos de ellos aún sin resolver, a los que el día 21 se sumó el brutal asesinato de los mellizos de Monte Alto. Celos, ajustes de cuentas por drogas, simples disputas con desenlace fatal e incluso homicidios «por compasión» dibujan un mapa del horror en el que también figuran muertes inexplicables, sin móvil o detonante aparente, evidencia de la sinrazón pura, el delirio inexplicable o la deshumanización absoluta. Cada uno de ellos ha pasado a la memoria colectiva como una referencia de violencia sobre vidas a veces tan cercanas y parecidas a la propia que alimentan aún más el asombro.

El sonado crimen de la catana, en el 2003, cuando un hombre apareció atravesado por el arma y con 16 puñaladas en su casa de la Sagrada Familia, o el asesinato en Dorneda, en el 2007, de una mujer a martillazos a manos de su marido, un septuagenario que después la enterró en el jardín, forman parte de la nómina horripilante.

Pero ninguno tan estremecedor como cualquiera de los tres casos en los que las víctimas fueron niños. El último, en la calle Andrés Antelo hace hoy una semana, cuando Javier Estrada mató a golpes a Alejandro y Adrián, de 10 años, con la barra metálica de un armario.

La maleta

También en Monte Alto se produjo, hace 19 años, el más recordado, hasta ahora, de los crímenes coruñeses: el de la maleta. El 20 de mayo de 1992 Pablo Rodríguez, de 12 años, encontró la muerte en casa de su vecina y amiga de la familia, Pilar Mazaira. Lo estranguló con un calcetín, ató su cuerpo, lo metió en una bolsa, llamó a un taxi, fue a la estación, lo dejó en una consigna, se desplazó a unos grandes almacenes a comprar una maleta, regresó a la estación, introdujo el cadáver y lo facturó en una agencia de transporte urgente rumbo a Madrid. Después, llamó a la madre haciéndose pasar por una extranjera y le pidió 30 millones de las antiguas pesetas de rescate por el secuestro. La asesina, ahora ya fallecida, fue detenida, juzgada y condenada a 20 años de cárcel. Cumplió seis.

Tuvieron que pasar 18 años para que un infanticidio volviese a sobrecoger a una comarca cuyos índices de criminalidad, dicen las estadísticas, se sitúan en los puestos más bajos. Sucedió en octubre del año pasado, cuando un bebé de tan solo 14 meses murió, envuelto en llamas, en un incendio provocado por su propio padre dentro de la furgoneta en la que el niño dormía, con el cinturón de seguridad puesto. Antes, llamó a la madre del crío, de la que se estaba separando, para anunciarle con despecho que iba a matar a su hijo. Todavía no ha sido juzgado.

Sí han pasado por el banquillos los autores de asesinatos tan macabros como el de Betanzos, en el 2007, cuando una pareja de Sada fue descuartizada por otra, en presencia de su bebé. Fueron condenados recientemente a medio siglo de prisión. O el de Aranga, con dos hombres de Muros encontrados en un pozo negro de Fonteculler, en el 2009. Llevaban cuatro meses desaparecidos. Una deuda de 800 euros les costó la vida.

La panadera de Monte Alto, muerta de un disparo certero en el ascensor por la amante de su marido, el policía que descerrajó un tiro a su mujer, el constructor muerto por su amante, el crimen de la mancuerna o la peruana apuñalada por su pareja son otros de los fatídicos episodios desencadenados por arrebatos pasionales o enmarcados en la violencia dentro del hogar, que se han sucedido junto a otros para los que aún se busca autor. Es el caso del denominado crimen del caballo alado, en referencia al tatuaje de la joven encontrada en el embalse de Sabón, en 1995. O el de la joven dependienta estrangulada en la calle Honduras en febrero del 2003, muerte de la que se acusó a un compañero de trabajo que finalmente no fue condenado.

Abierto hasta el amanecer fue la película que inspiró a un estudiante a acabar con la vida, en 1998, de la abuela María en el Castrillón, y discusiones en teoría banales terminaron siendo irreversibles, como ocurrió en un pub en la ronda de Outeiro, en el 2001, cuando una partida de dados puso en juego una pistola y una navaja que acabó con la vida de El Pingüino. O la disputa por un contador eléctrico, que hace apenas un año terminó en una puñalada mortal, en plena calle, en Teixeiro.

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