mplacables, infalibles, incorpóreos, intangibles, insaciables, incansables, intratables, los todopoderosos mercados no descansan ni en plena canícula. Su mano invisible (en expresión inigualable de Adam Smith, porque ¿quién los ha visto?, ¿quiénes los componen?) dicta sentencias inapelables que ponen países de rodillas, humillan a políticos y asfixian a los ciudadanos. Sus dictados no se discuten, se asumen como si fueran el oráculo, son supuestamente el resultado indefectible de un complejo y esotérico proceso que solo ellos dominan. Evalúan y ponen deberes a Gobiernos salidos de las urnas, pero, cuando les parece, no se fían de sus compromisos y sus reformas y los castigan. Titulares como «los mercados atacan a España e Italia» pasan como si nada, se da por hecho su derecho a atacar. Lejos quedan ya los tiempos en que dirigentes tan poco sospechosos de izquierdismo como Sarkozy y economistas de todo pelaje reclamaban la refundación del capitalismo y la regulación de los mercados. Entonces no había duda de quiénes eran los responsables de la crisis, dónde había surgido y cuáles eran sus causas. Ahora se habla de primas de riesgo, déficits, recortes, fondos de alto riesgo y se dispara contra los políticos, los presuntos culpables de todos los males. Son los mercados los que nos han metido en vereda y no a la inversa. Mientras, los que mecen esa mano invisible, los que no tienen más objetivo que especular y ganar escandalosas sumas de dinero a costa de lo que sea, los que causaron la crisis, permanecen en la sombra y se permiten dar lecciones. Nunca tienen la culpa de nada y se forran. Insoportable. Inaguantable. Intolerable.