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P or la época en que Zapatero llegó al Gobierno se estrenó una deliciosa película alemana: Good Bye, Lenin! Una firme militante berlinesa entra en coma al ver a su hijo en una manifestación contra su admirado líder Erich Honecker. A los nueve meses, la mujer despierta, pero está tan débil que los médicos recomiendan a su hijo que le evite sobresaltos y disgustos. El chaval tiene un problema: en esos nueve meses de enfermedad se ha caído el Muro. Toda una tragedia para su madre, si se entera. Entonces, comienza con una mentira piadosa y acaba creando una gran farsa, con telediarios falsos también, para que su madre siga creyendo durante sus últimos meses de vida que el socialismo continúa sólido frente al maligno capitalismo.
¿Cuál ha sido la asociación de ideas para titular la crónica de la despedida anunciada de Zapatero con la película de Wolfgang Becker? No hay asociación política, aunque para algunos el presidente sea un radical casi comunista. Sin duda, Zapatero fue, mientras pudo serlo, un presidente con un ideario socialista, pero la relación con la película surge porque desde la Moncloa actuó como el hijo de Good Bye, Lenin! Mientras tanto, al país, a la ciudadanía como le gusta decir a Zapatero, le tocó hacer el papel de madre.
Durante sus años de Gobierno, trató de mantener en pie y convencernos de una realidad paralela: todo iba bien en el país porque estaba gobernado por él, por Rodríguez Zapatero. No fue un error, sino una estrategia para disfrazar la realidad sin rubor y siempre con una actitud paternalista; recuérdese que su primer apodo fue Bambi, por su perenne bondad y por presumir de haber visto cien veces la película de Disney con su familia.
Zapatero no entró en barrena en las encuestas del CIS porque le hubiese pillado desprevenido la crisis económica, sino que su pérdida masiva de confianza entre los votantes se debe a que se pasó demasiados años diciendo una cosa y haciendo otra, hasta que lo cacharon.
La gestión de la crisis económica durante su segundo mandato es un vergel de ejemplos en los que el presidente del Gobierno pasó como un equilibrista por encima de la verdad. Quizá en ocasiones lo hizo con buena voluntad, pero en las más fue por oportunismo e irresponsabilidad. La crisis que no existía es la más profunda desde hace décadas; los brotes verdes se los llevó la primera helada, el sistema bancario impoluto resulta que está teñido de borrones... Pero la tenacidad de Zapatero por crear realidades virtuales para que los mansos ciudadanos no llevasen disgustos superó el área económica. Ocurrió lo mismo con la negociación con ETA: decía una cosa y hacía otra. Lo mismo con el Estatuto de Cataluña. Como con Aznar, lo mejor de Zapatero hay que buscarlo en la primera legislatura. Como Aznar, también se va después de dos mandatos, pero en circunstancias distintas y convertido en el presidente de la historia de la democracia peor valorado, incluso por los de su propio partido. El programa diseñado para su sucesión en el PSOE es sensato (municipales en mayo, primarias en otoño y generales en marzo) para los intereses del partido y también de un país en apuros. Sin embargo, se ha acumulado tal desencanto con Zapatero que muchos hubiesen preferido que, en vez de anunciar que lo deja en el 2012, dijese que se iba ya.