Paradojas de las obras. Al mismo tiempo que en la Universidad se presentaba un estudio sobre los puestos de trabajo que se crearán al abrigo del puerto exterior -3.900 nuevos empleos- un temporal golpeaba los imponentes cubos del dique de Langosteira. Sucedió el martes de esta semana. No era, desde, luego, la primera vez en que se manifestaban las potencialidades laborales y económicas de esta infraestructura, ni tampoco la primera vez en la que los bloques hercúleos eran mecidos como bebés por la fuerza del agua. Langosteira todavía se lame hoy las heridas del paso del Becky en noviembre, cuando el oleaje movió 165 bloques de 150 toneladas, 1.200 de 15 y 200.000 metros cúbicos de material de cantera y escolleras. La lectura positiva: el tramo acabado ha resistido.
Por ello, los responsables del Puerto llaman a la calma. La obra marcha, dicen, en plazo -lo cual parece mucho decir, aunque aquí es más importante el cómo que el cuándo- y la seguridad, aseguran, está garantizada. Para avalar este último dato, se realizaron simulaciones de atraques según las cuales «se comprobó la viabilidad en todas las condiciones meteorológicas, con barcos mayores de 500 toneladas en labores de atraque y desatraque». Aunque los estragos del Becky obligarán al puerto a ensanchar el dique en un tramo de 300 metros, juran que la cosa funciona.
Los temporales de agua no son los únicos que ha de soportar esta faraónica obra, dicho esto en el mejor de los sentidos. Aunque es evidente que su ejecución completa es imparable, pues ni A Coruña, ni suponemos que Galicia tolerarían lo contrario, está todavía pendiente de la firma de un crédito para su financiación por valor de 240 millones de euros. Cuando llegue ese momento quedará despejada, sobre el papel, la enajenación de suelo en los muelles de Batería, Calvo Sotelo y San Diego, de cuyos réditos depende en parte el pago de las obras. Aquí el problema no son las olas, sino las burbujas. En concreto, la pinchadísima burbuja inmobiliaria, pues de la venta de solares deberán salir cerca de 250 millones de una obra que ronda ya los 700. Hagan cuentas... Complicado horizonte se divisa para los muelles interiores, amenazados con ser devorados por otras olas, estas de hormigón armado, convirtiendo así en ciudad del cemento la zona de costa entre Oza y la Marina, inicialmente bautizada como Ciudad del Mar -en origen, una «apuesta por el equilibrio entre zonas verdes y urbanizables, sostenible y con viviendas baratas», ya veremos en qué porcentaje...-. Todas las administraciones deberán preocuparse de evitar un estropicio, y para ello es imprescindible no caer en el penoso espectáculo político que se está dando con las obras de la tercera ronda. También deberán mojarse empresas que, si es cierto que han dado mucho a la ciudad, han recibido infinitamente más de ella durante décadas, como Repsol.
Han pasado ya siete largos años desde que se alumbrara la idea busquetiana de la Ciudad del Mar. Vale que la fuerza del mar no la puede controlar el ser humano. La del cemento, sí. Y es aquí donde no hay lugar, ni caben excusas, para la derrota.
El proyecto «Ciudad del Mar» corre el peligro de ser devorado por olas de hormigón armado