Humanismo y espiritualidad

A CORUÑA

«DE DIOSES Y HOMBRES»

FRANCIA, 2010. DIRECTOR: XAVIER BEAUVOIS. INTÉRPRETES: LAMBERT WILSON, MICHAEL LONSDALE. DRAMA. 100 MIN

Una de las muchas virtudes de De dioses y hombres es que te va llevando con pausado in crescendo hasta un desenlace anunciado, con dos secuencias particularmente memorables. La primera, la última cena de los ocho monjes de la comunidad cisterciense del monasterio de Tibhirine, en el Atlas argelino, la noche del 26 al 27 de marzo de 1996, mientras escuchan El lago de los cisnes, de Chaikovski, en un radiocasete. La segunda, la que cierra la narración, con los monjes ascendiendo entre la nieve, monte arriba, para perderse en la niebla? Estamos ante una película tan académica en lo formal como valiente en lo narrativo, sin concesiones al ritmo coyuntural, con la voluntad de recrear un drama real (en Francia todavía aguardan explicaciones?) centrado en un grupo de religiosos movidos por la fe y comprometidos con un entorno social convulsionado por la violencia islamista.

Pivotando sobre los personajes centrales del prior, encarnado por un comedido Lambert Wilson, y el hermano médico, que viste el veterano y singular Michael Lonsdale, el guión de Beauvois (actor y director de cuatro interesantes y premiados filmes anteriores a este) y Etienne Comar se toma dos horas para mostrar la firmeza espiritual de un grupo humano que se sabe en el filo de una navaja atizada por el odio y la intolerancia. Mientras asistimos a la rutina cotidiana en el monasterio y en la pequeña aldea que lo rodea, es a través de los cánticos y los ritos de los monjes como se va preparando esa tensión dramática no por intuida menos sutil y filmada con una elegancia que hace de De dioses y hombres una película agradecida, al mismo tiempo tierna y sin concesiones al sentimentalismo ni a la demagogia, que trae a la cartelera (y al cine en tiempos tan dominados por la simpleza el ruido) un agradecido soplo de aliento diáfano.

Se puede ser creyente o no, practicante o lo contrario, pero Beauvois, al tiempo que muestra con rigor unos hechos lamentables, reivindica otra manera de entender el canon, maneras en las que priman los diálogos cuidados y en el que, sobre todo, puso un particular esmero en la elección del reparto, rostros que se mueven y miran a la cámara transmitiendo emoción. De Cannes se trajo el Gran Premio del Jurado y representa a Francia en la preselección al Oscar. Nada que objetar.