«The special one» no hace nada para que le quieran

José M. Fernández

A CORUÑA

Confesó abiertamente que sus partidos arrancaban con las declaraciones previas y acababan con la comparecencia posterior a cada encuentro. Ha cumplido. Si su paso por la Premier y por el Calcio dejó un reguero de enfrentamientos, cruces de declaraciones y polémicas, en apenas seis meses en España Mourinho se ha superado a sí mismo. Y promete más. Ayer bordeó el más difícil todavía al probar el efecto de la manita de Piqué en el Camp Nou, pero está vez delante de las narices de un rival que acababa de sufrir un duro castigo. Mou siempre encuentra respuesta: una celebración en la que buscó a su hijo que, casualidad, se sienta detrás del banquillo del equipo rival.

El técnico madridista, inteligente y hábil para manejarse en el terreno de la opinión pública, no se explica qué ha hecho para que cada actuación suya tenga una lectura negativa. La respuesta la tiene en la misma pregunta. Quizá el error parta de él mismo, de lo mucho que ha hecho por ganarse la antipatía de gran parte del fútbol español y de una soberbia difícil de asimilar.

Ha convertido la Liga en un inmenso plató, un escenario en el que parece obligado a superarse cada semana. Cuestionó la profesionalidad de alguno de sus colegas y despreció a otros, se ha quejado de las actuaciones arbitrales y de su punto de mira nunca desaparece la corrección política de Pep Guardiola, su enemigo íntimo. Los incidentes en Gijón, en el Bernabéu con su propio delegado y en el vestuario del Ciudad de Valencia apuntan a que su entorno no parece el más edificante. Eso sí, su equipo juega con una fe desconocida y él ha animado el aletargado panorama futbolístico con un reguero de trifulcas que algún día llenarán las páginas de una divertida biografía.

Otro asunto es que el Madrid se sienta cómodo con los focos apuntando al que se definió a sí mismo como the special one . Mientras Mou acapare todo el ruido, nadie se preguntará cuál es el papel de Valdano, un director general que no cree en su entrenador, o el de un presidente que, aunque no ceda, sí permite que su entrenador exponga a diario sus quejas en público.