«Hace veinte años Casco nació para ayudar a morir a las personas enfermas de sida. Hoy en día nos encargamos de ayudarlos a vivir». Así resume Sonia Valbuena, directora del Comité Cidadán Antisida A Coruña -Casco- las dos décadas que lleva trabajando esta entidad, que ha tenido que enfrentarse a multitud de problemas, sobre todo derivados del desconocimiento de esta enfermedad y de los prejuicios sociales que se le han unido.
Fue en 1990 cuando una decena de coruñeses decidieron que tenían que hacer algo para ayudar a las personas que padecían sida, y que no tenían a dónde acudir. «Los fundadores de Casco fueron muy valientes, porque en 1990 era un año en el que el sida campaba a sus anchas y había un miedo enorme, porque prácticamente todo el mundo se moría. El comité se creó para ayudar a la gente a morir, porque la gente se moría y había que prestarle apoyo y ayuda, tanto a ellos como a sus familias», recuerda Valbuena.
Sin embargo, el paso de los años y los importantes avances médicos -acompañados de numerosas campañas de información y prevención- hicieron que poco a poco la vida de la personas con sida o seropositivos fuese mejorando paulatinamente. La aparición de los nuevos tratamientos antirretrovirales de nueva generación permitió que muchos enfermos pudiesen llevar una vida normal, «porque en el presente sida ya no es igual a muerte. Pero, desde un punto de vista social, estos avances médicos los equipararon a enfermos crónicos y machacaron los derechos de los seropositivos, a los que se les retiraron las pensiones y se les dejó en la calle, porque no se ha hecho nada por la inserción laboral», lamenta Sonia Valbuena, quien también hace especial hincapié en el trato social que reciben esta personas, «con las que ya no hay un rechazo brutal, pero sí una discriminación social tremenda».
Atención en prisión
Uno de los campos más importantes en los que trabajan los responsables de Casco es atender y prestar asistencia jurídica y médica a las personas con sida o seropositivos que se encuentran en prisión. Valbuena recuerda que, en los primeros años de la aparición de esta enfermedad, el número de contagios en la cárcel era enorme, «porque se intercambiaban las jeringuillas, que podían usar todos los presos de un mismo módulo, con lo cual las posibilidades de transmisión se multiplicaban por mil. Finalmente, las autoridades reconocieron que en las cárceles había droga, y se inició un programa de intercambio de jeringuillas», explica la directora del comité antisida coruñés.
Piso de acogida
Pero, además de prestarles asistencia sanitaria a las personas que se encuentran encarceladas, desde Casco también se encargan de tramitarles toda la documentación, así como de ser sus personas de referencia cuando consiguen algún permiso penitenciario.
Muchos de estos enfermos que están en prisión también son los principales usuarios del piso de acogida con el que cuenta este comité, y donde principalmente están alojadas aquellas personas cuya salud se encuentra ya muy deteriorada y que necesitan atención continua, muchos de los cuales acabarán sus días allí.