Servicios Sociales ya ha realojado a 50 familias. Se trata de 170 adultos y niños que han dejado la chabola por una vivienda digna, haciendo frente a parte del alquiler o, incluso, de la hipoteca -la otra parte la ponen el Ayuntamiento y la Xunta-.
Pero quedan otras que se niegan a irse: «A mí nadie me va a sacar de Penamoa. Si alguien entra en mi chabolo para sacar a mis hijos los recibo a tiros», advierte uno de los residentes que quedan en el poblado. Actitudes como esa ponen a temblar a la Delegación del Gobierno, pues al final va a caer sobre la policía todo el peso de un desalojo forzoso. De los que trafican y de los que no, de los que trabajan en la chatarra, en la venta ambulante o viven de la caridad. Porque Penamoa siempre tuvo dos caras. Una que da pánico, la que colma las secciones de sucesos, la más ruidosa, la que dio mala fama al poblado, la que vende pajitas de heroína con absoluto descaro. A gritos. Y la otra, la que va saliendo mal que bien adelante con la venta ambulante o la chatarra.
A estas alturas, la Comisión Permanente de Integración ha aprobado un total de 63 expedientes de unidades familiares. Según el acuerdo adoptado en la última sesión, celebrada en diciembre del año pasado, no se han producido más incorporaciones al Plan Especial de Penamoa, siendo 79 los compromisos de adhesión firmados a dicho plan. Hasta la fecha, 50 unidades familiares han accedido ya a una vivienda normalizada. Esto significa que 170 personas han abandonado la condición de chabolistas y residen ya en pisos como Dios manda.