07 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

No estamos tan mal como Grecia. El problema es que hay quien cree que sí, que estamos cerca del abismo por el que se deslizó la economía helena. Sería bueno tener credibilidad; que eso que de forma abstracta se llama los mercados y que es la gente que mueve la economía -empresarios, asalariados, especuladores, banqueros, industriales, autónomos, consumidores- se crea que no estamos arruinados. Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos en los tiempos en los que meses ininterrumpidos de crecimiento parecían anunciar un paraíso con mucho PIB, poco paro e inflación contenida, hablaba de la exuberancia irracional de los mercados. Era su explicación para aquel festín económico, pero también la advertencia de que no había una explicación cabal para lo que estaba pasando y todo se podía venir abajo. Y sucedió.

La penuria en la que estamos ahora, en parte consecuencia de aquella exuberancia, puede tener también algo de irracional. Es más que posible que, además de los comentarios malintencionados que acaban reportando beneficios a algunos, funcione el efecto contagio. Detrás de Grecia pueden ir cayendo piezas como consecuencia de la psicosis más que de los datos. La pandemia de la nueva gripe no fue para tanto, pero causó estragos: más por las alarmas que por las fiebres. Pero no nos engañemos. Si los pilares de la economía fuesen sólidos, a estas alturas no estaríamos pensando en la falta de credibilidad de los gobernantes ni en la irracionalidad de los mercados. Grecia tomó medidas muy drásticas para contener el riesgo de bancarrota. Algunas de ellas, como el retraso de la edad de jubilación o la contención del gasto en las administraciones, llegaron a figurar en documentos oficiales españoles, pero se volatilizaron cuando se vio que aquello podía costar votos y quién sabe si una huelga general. Eran solo una simulación, según dijeron. ¿No será lo de ahora la simulación?