El fenomenal empuje de los de Pellegrini se diluyó tras el descanso y Pjanic liquidó el nuevo proyecto millonario
11 mar 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Noche negra en el Bernabéu, que asistió atónito al suicidio del Madrid, nuevamente (y van seis) defenestrado en octavos de una Champions que esta vez pregonaba como suya, tanto por la inversión realizada como por el escenario de la final, que será en plena casa blanca. No saltará al césped el anfitrión, despedido con cara de tonto por un Lyon desauciado durante toda la primera parte, cuando arreció el vendabal merengue y solo la multitud de goles cantados que nunca llegaron a serlo permitió a los franceses seguir con vida en la eliminatoria.
No alcanzó la total entrega de Cristiano e Higuaín, ni la clarividencia de Guti, perdida en el túnel de vestuarios a la vuelta del descanso. Tampoco fue el encuentro de la resurrección de Kaká, para el que la alegría de sus compañeros no ha resultado contagiosa.
Y eso que en menos de medio minuto el Real Madrid ya había despejado las dudas, si acaso quedaba alguna. Los chicos de blanco iban a exprimir al máximo el viento a favor del liderato liguero y la excelente impresión dejada ante el Sevilla. Pocos equipos hay tan viscerales como el del Bernabéu y, como había advertido Pellegrini, tampoco hacía falta conjurar al espíritu de Juanito: ni ganar al Lyon era ganarse el cielo, ni levantar en casa un gol en contra, con el grupo en estado de máxima euforia, era misión imposible.
Higuaín, especialista en el terreno de lo emocional como manda el tópico argentino, salió enchufadísimo y regaló a Kaká la primera ocasión clara de la noche. El brasileño, algo escorado, falló el mano a mano que abría el partido a los veinte segundos.
Pero si hay alguien especialmente efervescente entre los blancos, ese es sin duda Cristiano Ronaldo. Crecidísimo y totalmente entregado, fue el portugués el que lideró la presión adelantada de los suyos con un derroche que dio frutos de inmediato. El Madrid frenó un tímido arranque galo y el balón fue a parar a Guti, otra víctima habitual de la ciclotimia. Esta vez el rubio estaba en plan genio y se largó un pase fenomenal a la carrera del 9, que le sacó un metro en apenas cinco a Cris y coló el cuero entre las piernas de Lloris. Seis minutos y eliminatoria en tablas.
El Lyon, encerrado
Los franceses no encontraban modo de salir de su campo y el encierro tampoco garantizaba menos problemas a su portero. Cada vez que la delantera local cazaba la pelota la ocasión era clamorosa. Pellegrini apostó por Granero y Guti para acompañar a Lass, que durante muchos minutos no sufrió en absoluto como único mediocentro defensivo. El resto se dedico en exclusiva a crear ante un Lyon acobardado.
La tuvo Cristiano en un córner que remató alto y después llegó el turno de Higuaín, que pudo hacer tres goles y no convirtió ninguno. El argentino mandó primero un tiro fuera y a continuación, en la ocasión más clara del partido, lanzó al poste con toda la portería a su disposición después de salvar la salida de Lloris. El portero le tapó más tarde un remate a bocajarro sacando una mano espectacular.
La visita no dio señales de vida hasta que se le pasó la cobardía, casi al borde del descanso. A fuerza de ver que el Madrid amenazaba pero no acababa de golpear, los galos salieron de la cueva. Una pifia en el remate de Makoun en el área pequeña fue el preludio del despertar francés a la vuelta de la caseta. Puel retocó el equipo, que ganó en desparpajo con el joven Gonalons en el eje y los de Pellegrini salieron mucho más tibios, con Guti perdiendo protagonismo en la creación y ganándolo en su otro terreno favorito: el de meterse en cada charco.
El Lyon empezó a acumular posesión y ocasiones con la furia local diluida ya por la falta de resultados. Todavía falló una contra clara Kaká antes de que los visitantes dieran el golpe de gracia a la gran aspiración de levantar la décima en el Bernabéu. Lisandro se revolvió perfecto dentro del área para servir a Pjanic, que fusiló a Casillas y hundió las esperanzas de un Madrid, que acabó desquiciado, con el capitán repartiendo patadas al rival, al que aún le sobraron un par de manos a manos con los que poner la puntilla a una temporada que la chequera de Florentino quiso teñir de blanco.