Un periodista de La Voz pasó una jornada en el Servicio de Emergencias. Ese día quedaron ingresados el 15 por ciento de los pacientes. Los heridos graves son minoría. Abundan las dolencias menores
06 mar 2010 . Actualizado a las 02:00 h.El frío matinal se cuela por la puerta de Urgencias pasadas las ocho de la mañana del jueves 4 de marzo. Las dos salas de espera están a medio gas, menos de diez personas en cada una en este rincón del Hospital A Coruña. En media hora apenas dos ambulancias han descargado a sendos ancianos con bata y pijama, que llegan de forma sosegada «por la recaída de siempre». Una madre aprieta contra el pecho a su bebé, que ha pasado una mala noche. Pero poco más. La circulación es casi desértica en el pasillo de admisión donde las limpiadoras pueden campar a sus anchas. Es tan poca la gente que el personal de limpieza se molesta con los paseos de izquierda a derecha de un ciudadano argentino. «¡Quédese en una esquina, o aquí o allí, pero deje de pisar lo fregado!», le espeta el guarda de seguridad. El incidente no pasa a mayores aunque cada parte asegura tener la razón.
Durante quince minutos seguidos, la ventanilla de admisión no registra ninguna entrada. El trabajo en observación no parece excesivo dado el amplio corrillo de celadores que coinciden fuera para fumar.
Pero a partir de las nueve y media de la mañana el tráfico se intensifica con pacientes de todo tipo:
-¿Por qué viene?
-El mes pasado me quitaron el yeso y me dijeron que volviera.
-¿Por urgencias?
-Mmm, sí.
-Bueno, coja el sobre y entre en la primera puerta a la derecha.
Pero casi nadie da con esa puerta. Se trata de la sala de triaje, donde se clasifica la gravedad de los enfermos y las prioridades de atención. Pero la puerta de esta sala parece más bien la prolongación de la pared y muy pocos descubren que se trata de un acceso corredero. Un simple cartel erradicaría la confusión.
Uno de los jóvenes que esa mañana acude a Urgencias confiesa que repite visita en apenas unas horas. «Ayer [por el miércoles] vine a las siete de la tarde por un golpe. A las diez de la noche salió un médico y dijo que aún quedaban por atender 21 personas y me pareció que yo era de los últimos, así que me fui a casa y hoy vuelvo a probar fortuna», relata. La jornada matinal se le da mejor: en hora y media está fuera con diagnóstico, recetas y baja laboral.
Un trabajador del hospital explica por qué hubo una avalancha a última hora el día anterior. «Francia-España, durante el partido apenas hubo ingresos y en cuanto acabó el fútbol aquí no paraba de entrar gente», explica.
Volvemos al jueves por la mañana. Un chico muy alto pide ser visto «porque me salió un bulto en una pierna». Lo mismo una mujer de avanzada edad y un pesimismo desmedido: «Me hinchó la pierna y tengo un bulto, no sé si será un cáncer o qué».
A las diez y media, la sala de espera exterior se ha quedado sin asientos libres. En ese momento irrumpe una joven pareja de O Temple. Él hace los trámites en admisión mientras ella llora retorciéndose de dolor. El ojo tiene la culpa. Los demás pacientes la miran y una mujer se dirige al chico. «Oiga, lo de esa chica es urgente, entren ahora». Nadie rechista, pero los trabajadores del Chuac aseguran que lo habitual es mantener el orden de llegada a la sala de espera. «La gente se rebota si ven que pasan por delante de ellos». Salvo infartados o accidentados.
En admisión no se forman colas, el trámite es muy rápido, pero el goteo de gente es constante a media mañana. Los más veteranos continúan llamando «cartilla» a la tarjeta sanitaria. Algunos ofrecen el DNI. Y el contraste de gravedad entre pacientes es notorio. Mientras una camilla del 061 irrumpe hasta el fondo de Urgencias con cara de preocupación en los enfermeros, un hombre relata en ventanilla que acude al hospital «porque me siento un poco mareado y tengo la tensión muy alta». «A veces las Urgencias se colapsan por culpa del propio personal de salud -relata un trabajador del Chuac-. El otro día yo mismo vi cómo una farmacéutica convencía a una mujer que viniera aquí porque le acababa de medir la tensión y estaba un poco alta».
Un joven ataviado con chándal se suma a las Urgencias por su propio pie. «Me salió un quiste», indica. Le sigue un niño desplazado desde Betanzos con una muñeca fracturada en el patio del colegio. Otra mujer entrega un parte de tráfico del día anterior en Bergondo. Aparentemente no presenta ningún dolor.
Acude Cañita Brava
La sala de espera se revoluciona con la presencia de Cañita Brava, al que hacen esperar en una silla de ruedas. Le duele la espalda desde el sábado. «Ya no aguantaba más», dice. En una hora le dicen que lo suyo es una lumbalgia considerable. Más preocupación y menos dolor muestra una mujer con gafas oscuras. «Estaba en el trabajo y me apareció una mancha en la vista». En el servicio de Urgencias, al menos ese día, son muy comunes los problemas relacionados con la vista.
En la puerta de acceso a las Urgencias los guardas de seguridad cumplen con celo su trabajo. A veces demasiado.
-Disculpen, solo puede entrar un acompañante por enfermo (dice tras dejar acceder a una persona de un grupo de tres).
-Ya, pero ése al que ha dejado pasar es el enfermo.
La misma puerta se abre de par en par pasadas las dos de la tarde. Llevan corriendo a los dos heridos graves del accidente de la AP-9 a la altura de O Burgo.
Los monitores de la sala de triaje desvelan que en los pasillos del interior de Urgencias apenas hay movimiento. El aspecto cambiará por la tarde. Habrá camillas aparcadas con pacientes, sillas de ruedas y más familiares en los asientos. Porque con el paso de las horas el servicio de Urgencias se ve incapaz de evacuar al mismo ritmo de entrada. Comienzan a oírse frases como «Cuando quede una cama libre en planta», «Llevo aquí desde la mañana»...
Algunos acuden a la ventanilla de admisión para preguntar por la habitación de un familiar «que ingresó ya hace varios días». La simple pregunta, que debería hacerse en el edificio de enfrente, demora la entrada de una mujer de avanzada edad que ha caído por las escaleras con un corte muy profundo en la ceja en un domicilio de los Mallos.
La gente se agolpa ante la puerta de información. Sería útil un número como en las pescaderías de los supermercados. Una joven hace uso de su turno: «Mira, perdona, llevo ya una hora esperando, ¿es normal?». Los que la rodean sonríen. Ellos llevan desde por la mañana temprano cuando llegaron de Ferrol.
Pasadas las ocho de la tarde, hay unas ciento veinte personas entre el pasillo principal de entrada y las dos salas de espera. La mayoría son familiares. Y el goteo de admisión continúa, aunque se reduce. Ese día quedará ingresado en el servicio de Urgencias del Chuac el quince por ciento de los pacientes que han pasado por admisión, es decir, la mayoría de los que ya entraron en camilla.
Un joven acude cojeando ligeramente a las ocho y media acompañado de su madre. Busca la ventanilla de admisión. Ve la multitud en las salas de espera. «¿Y si venimos mañana?», dice antes de dar media vuelta.