El príncipe de las caipiriñas

A CORUÑA

Hace poco más de un mes cerró sus puertas un clásico de la hostelería de la ciudad, El Rey de las Caipiriñas. Su hijo ha retomado el negocio, aunque en otra ubicación

07 feb 2010 . Actualizado a las 02:35 h.

El pasado 20 de diciembre cerraba definitivamente sus puertas un emblemático local de la Ciudad Vieja, El Rey de las Caipiriñas. Pero en esta singular monarquía, la sucesión en el trono ha seguido la correspondiente línea dinástica, de modo que el hijo del rey ha recogido la corona para trasladarla al Quilombo, otro reino hostelero situado en la calle Damas, junto a la Colegiata, a una manzana escasa del original. Marcelino Arcos hereda así el título de su padre, Domingo, tal y como reza el cartel que permanece colgado sobre la barra de su bar: «Estaba en el anterior local, y aunque este no se llame así, El Rey de las Caipiriñas, quisimos recuperarlo», cuenta el príncipe.

La receta del cóctel se la trajo Domingo de Brasil, donde vivió 27 años emigrado, desde los 18 hasta que volvió para montar el bar. Eso fue en 1988: «Por aquella época la gente no entraba al trapo. No se conocía la caipiriña, lo que se bebía eran vinos. Pero ya en los 90 empezó a haber buena cosecha. Se puso de moda la Ciudad Vieja, hasta el punto de que cada noche la gente cortaba el tráfico en Herrerías», cuenta Domingo, que presume de haber sido el principal introductor de esta bebida brasileña en la ciudad: «Al principio costó, pero la puse de moda, y ahora la sirven en un montón de sitios, aunque en ninguno como en el Rey».

Cambio de local

Fue precisamente en Brasil donde nació Marcelino. Un peculiar deje al hablar todavía le delata. Y su buena mano con la cachaza también, aunque esta pueda derivar de la mera experiencia: «Estuvo 20 años trabajando conmigo. Si no aprendió es porque no quiso», afirma el padre. «Pero terminé escapándome. Aunque me he encabezonado otra vez. Se ve que en el fondo me gusta lo de la barra», cuenta Marcelino. El día 2 del pasado mes de enero decidió retomar la tradición coctelera de la familia y transformar el Quilombo en el nuevo reino de las caipiriñas. La pregunta es obligada. ¿Por qué no se quedó con el local del Rey?: «Necesitaba reformas, había que meterle un buen lavado de cara y podía resultar costoso. Además, cuando cerró todavía no había decidido volver a la hostelería. Pero surgió la oportunidad de hacer algo parecido aquí, en el Quilombo, y decidimos darle un giro al asunto», admite Marcelino, al que contesta su padre: «Fue una pena cerrar el bar, pero es que o tomaba una decisión o me moría detrás del mostrador».

En el nuevo establecimiento, que funciona como cafetería durante el día, y por las noches se pasa a las copas, pueden saborearse las caipiriñas de lima, limón o fresa -Marcelino recomienda las primeras-, servidas por el propio príncipe. Ambos maestros aseguran que no existe ninguna receta especial, secreto de la familia: «Siempre hay quien hace mejor pan con la misma harina, pero receta de la caipiriña solo hay una, la tradicional. Lo que puede haber es más experiencia o mejor mano, pero no existe mayor secreto», asegura Domingo, que sentencia celoso que el título sigue siendo suyo: «El rey de las caipiriñas soy yo, y solo hay uno. Él es... el hijo del rey», dice entre risas, señalando a su hijo Marcelino.